jueves, 20 de octubre de 2011

ANGELES DE BUENOS AIRES :: Omar Lopez Mato - Hernan Santiago Vizzari

“Ángeles de Buenos Aires”
Historia de los Cementerios de la Charaita, Alemán y Británico
Omar López Mato – Hernán S. Vizzari



La Chacarita se ha convertido en el Cementerio porteño por excelencia, un lugar de culto popular, el sitio donde se entierran los hombres y mujeres de la música ciudadana, los santos laicos, un enterratorio de púgiles vencidos por el nocaut de la vida, de mariposas de la noche, de bohemios melancólicos que cultivaron, como en el tango, esa “filosofía gris”. Chacarita es lugar de intelectuales, escritores, artistas y de gente común y corriente, fundamentalmente de gente como nosotros que pasó por esta vida con penas y glorias, que quién sabe si alguien recuerda. Chacarita se ha convertido en sinónimo de dolor y de un prolongado último adiós. 

Este libro es su historia y nuestro homenaje.



Hacia fines del siglo XIX, la Municipalidad de Buenos Aires ofreció a los inmigrantes alemanes e ingleses un lugar para enterrar a sus muertos en las vecindades del nuevo Cementerio de la Chacarita. Bajo estas parcelas de tierra argentina, descansan miles de inmigrantes que vinieron en búsqueda de paz y esperanza sin renunciar a su origen, especialmente cuando fue momento de partir definitivamente hacia un lugar donde no hay banderas ni idioma.

Precio Amigos del Museo Funerario: $200.-
En Librerias Importantes: $230.-

Contacto: hvizzari@gmail.com

Editorial: OLMO EDICIONES 
Formato: 21.50 cm. x 29.8 cm. x 2.3 cm
Páginas: 380
Peso: 1,6 kgs 

El Camposanto Teutonico del Vaticano.

Entre la Basílica de San Pedro y la nueva Aula de audiencias se encuentra el Camposanto Teutónico, que es la más antigua fundación nacional alemana en Roma. El Camposanto está rodeado por un alto muro y, a primera vista no llama la atención, pero pronto el visitante queda fascinado por esta parcela cargada de historia.




En la antigüedad este espacio estaba ocupado por el circo de Nerón, teatro de numerosos martirios de cristianos. En el año 799 se habla por primera vez de una Schola Francorum, por ello, en la pared del edificio hay una imagen en azulejo que representa a Carlomagno como fundador. Otras noticias más precisas se conocen a mediados del siglo XV, cuando el Año Santo de 1450 convocó en Roma a muchos peregrinos.
En dicha ocasión, cementerio e iglesia, que estaban en un estado lamentable, fueron reconstruidos, y los miembros alemanes de la Curia constituyeron en el año 1454 una Cofradía para enterrar a los muertos pobres. Dicha Cofradía perdura hoy día bajo otra forma y es la titular de la fundación.

En el último cuarto del siglo XV surgió la iglesia actual según el estilo más difundido entonces en Alemania. En el año 1597, el ente fue promovido a la categoría de “Archicofradía de Nuestra Señora en el Campo Santo alemán en San Pedro”. Desde 1876 funciona también un colegio para sacerdotes estudiantes de Arqueología cristiana, de Historia de la Iglesia y otras disciplinas análogas, y en 1888 se añadió el Instituto Romano de la Sociedad de Goerres, que posee una biblioteca con cerca de 35.000 volúmenes.

El acceso a la iglesia (por el cementerio) fue completamente restaurad en los años 1972-75. Está formado por un un portal de Elmar Hillebrand (Colonia) regalo del Presidente de la República Alemana, Theodor Heuss, en 1957. En el batiente de la izquierda, debajo del escudo de la Archicofradía, se representa una Virgen con el Niño y una fusión del águila bicéfala con la Piedad. En el batiente de la derecha, la Resurrección. Las tablas pictóricas del altar mayor, de Macrino de Alba, representan, en el centro, la Piedad, y a ambos lados, de izquierda a derecha, San Pablo con San Juan Bautista, Santa Ana con María y Jesús, y los apóstoles Pietro y Santiago. La lápida de piedra de la parte anterior del altar mayor, hallada durante recientes restauraciones, y probablemente originaria del crucero del altar, es un ejemplo típico de estilo arcaizante altomedieval.

La Capilla de los Suizos sirvió, tras el saqueo de Roma, como sepultura de los guardias caídos. Los frescos de las pareds, de Polidor Caldara, discípulo de Rafael, son de alta cualidad.
A causa de su posición especial, es natural que el Camposanto sea desde siempre un lugar de sepultura requerido. Según los estatutos, tienen derecho a la sepultura los miembros de la Archicofradía, los miembros de muchas casas religiosas de origen alemán y de otros dos colegios alemanes en Roma: el de Santa María del Anima y el Germánico. Guiados, tal vez, por la curiosidad, los visitantes buscan a menudo tumbas precisas de muertos famosos del mundo eclesiástico, artístico, político o diplomático:


Algunos habitantes del camposanto:

Josef Anton Koch, pintor paisajista (+ 1839)

Ludwig Curtius, arqueólogo (+ 1954)

Johann Baptist Anzer, primer obispo misionero de los misioneros verbitas (+ 1903)

Joseph Spithöver, decisivo promotor de la cultura alemana en Roma durante el XIX secolo (+ 1870)

Stefan Andrei, escritor (+ 1970)

Johann Martin von Wagner, arqueólogo y artista (+ 1858)

Anton de Waal, primer Rector del colegio (+ 1917)

Engelbert Kirschbaum, jesuita, arqueólogo, colaborador determinante en el descubrimiento de la tumba de Pedro (+ 1970)

Card. Gustavo von Hohenlohe (+ 1896)

Augustin Theiner, Prefecto del Archivo Secreto Vaticano (+ 1874). 


Fuente: vaticanstate.va

miércoles, 19 de octubre de 2011

Hallan un barco funebre vikingo intacto con un hombre adentro.


La embarcación data de hace unos mil años. Se conservó porque estaba enterrada en una región remota de Escocia.



Un equipo de arqueólogos británicos desenterró un barco fúnebre vikingo de más de mil años de antigüedad, el primero encontrado en perfecto estado de conservación y con su ocupante original adentro. El hallazgo se produjo en la localidad de Ardnamurchan, al oeste de Escocia, en un pozo a 16 metros bajo tierra."Esta es una de las tumbas nórdicas más importantes que se excavaron alguna vez en Gran Bretaña, debido a los artefactos y al estado en el que están", señaló la arqueóloga Hannah Cobb, según la BBC. El hallazgo se produjo hace unos seis años, pero recién ahora se pudieron extraer algunos objetos, como la espada del hombre sepultado ahí.





Los investigadores señalaron que podría ser un guerrero de alto rango por la cantidad y el valor de las cosas que se encontraron a su lado en el barco ceremonial, una copia de las embarcaciones reales con las que los muertos eran "sumergidos" en la tierra. Las piezas obtenidas fueron analizadas por científicos de las universidades de Manchester, Leicester y Newcastle, de Inglaterra, y los de Glasgow, de Escocia.

El "Vikingo de Ardnamurchan" fue enterrado junto a su hacha, una espada de empuñadura decorada, una lanza y un escudo, además de un prendedor en forma de anillo hecho de bronce. También se hallaron junto a él un cuchillo y lo que parece ser la base de bronce de un cuerno para tomar bebidas. Junto con los objetos identificados se encontraron decenas de placas de hierro que todavía no fueron descifradas.Así como el descubrimiento de la entrada a la pirámide de Guiza abrió las puertas al mundo del antiguo Egipto o la ciudad maya de Chichén Itzá emergió de la selva del Yucatán para enseñar cómo se rendía culto a los dioses en el México precolombino, el barco fúnebre vikingo intacto dará una idea de cómo eran las costumbres de un pueblo del que se conocen pocos rastros edilicios en buen estado.


Fuente: minutouno.com.ar

Museo de Carrozas Funebres de Barcelona


La historia de la humanidad se basa en los testimonios que nos legaron nuestros antepasados, representados muchas veces en los monumentos funerarios, en el culto a los muertos y en las ceremonias a ellos dedicadas.

Este museo es una manifestación palmaria que nos muestra los usos y costumbres que el pueblo dedicaba a las ceremonias fúnebres enmarcadas en el último tercio del siglo XIX y la primera mitad del XX.
Quise trasladarme a Barcelona y hacer un reportaje de lo que allí se escondía. Solicité entrevistarme con, Josep Díaz, y se convirtió en mi amable guía apasionado con la historia y protector de éste insólito museo. Cierto que hay otros museos de éstas características en Estados Unidos, Viena, Francia e Italia, sin embargo el de Barcelona es el más completo, original y el que cuenta con mayor material.
Todos los objetos que aquí se exponen son auténticos, incluyendo el empedrado original de las calles de Barcelona y los dos fanales de gas (aunque hoy luzcan con luz eléctrica)
Según me cuenta Josep, Cristóbal Torras, gerente de Servicios Funerarios de Barcelona, hizo un gran esfuerzo para que estas carrozas no se destruyeran, para acondicionarlas y conservarlas con la belleza con la que lucen ahora. También encontramos otros objetos como arneses y arreos que sirvieron de ornamento para los caballos de tiro.
La visita comienza con las carrozas “blancas” reservadas para transportar a los niños y a las doncellas fallecidas. Es aquí cuando Josep hace especial hincapié en mostrarme los dos tipos de escudos que llevan todas las carrozas. Por un lado está el de “la Casa de la Caridad” Entidad que se encargaba de trasladar a los menos pudientes y por otro, el escudo de “la Diputación de Barcelona” para las carrozas de mayor envergadura y que solían ser contratabas por la burguesía
En la parte central del museo se erige imponente la “Gran Dumond” de origen francés del siglo XVIII. El chasis de madera fue construido por la casa Cellini, que trabajaba en la época de Napoleón para la gente adinerada. Sobre cada pareja de caballos montaba un oficial con el uniforme de la época y delante del cortejo iban dos palafreneros que visten a la “Federica”. Asombra la belleza del “ángel negro” y de las cariátides que soportan el techado. Sin duda es la carroza que más me impresionó. (los maniquís fueron creados con tal realismo por los maestros falleros de Valencia que parecía que respiraban..)
Otra de las carrozas más bellas es la “Imperial”, ésta fue la última que hizo un servicio. Fue la que trasladó los restos del Alcalde de Madrid, Exc.. Sr. Tierno Galván. Me cuenta mi guía que sacarla del museo fue una pesadilla, puesto que además de su gran peso, tuvieron que desmontar varias piezas con sumo cuidado y una vez acabado el servicio volver a colocarla en su emplazamiento original. Un dato curioso es el trabajo previo que tuvieron que hacer con las ruedas. Como veis en las imágenes la madera está recubierta por hierro y para que ese hierro no se saliera de su sitio en el largo recorrido, tuvieron que estar varios días humedeciéndolas para que se encajaran en la camisa metálica. Así se hacía habitualmente, pero me cuenta que pasaron muchos nervios hasta que vieron que todo había salido a la perfección.

También es bella la carroza “Gótica” de color morado, puesto que solía emplearse en los tiempos de cuaresma en Semana Santa. Sin embargo la “Gótica” de color blanco es de una delicadeza extrema. Tirada también por caballos blancos y que como os he contado ántes estaba destinada a las doncellas y a los niños.
Curiosa es la “carroza-estufa” cuyo techo y sus cuatro costados está armado con una vidriera de cantos biselados
A continuación hay un muestrario muy completo de los diferentes tipos de carrozas tiradas por caballos, comenzando por la más sencilla, que estaba destinada a la beneficiencia y a los entierros de los más pobres. Mirad el detalle de los ángeles con la mano extendida pidiendo limosna. Y las últimas 7 carrozas representan toda la gama de servicios entre los que los barceloneses escogían la que más convenía dependiendo del precio. También hay otras tres carrozas destinadas a trasladar a los familiares.
Dejo para el final la “carroza- araña”, su nombre viene de la forma que tiene la cúpula que la cubre y de aquí partió que a los encargados de la funeraria les llamaran los “caza-arañas”, de hecho al propio Josep en un pueblo muy pequeño le nombraron en una ocasión de ésta manera. Ahora ya está en desuso
En el final del recorrido nos encontramos ya con 3 vehículos a motor entre los que destaca el Buick, con matrícula de Madrid que dejó de usarse en el 1976 puesto que con la crisis del petróleo era costoso de mantener.

Sin duda, una visita de las más interesantes que he realizado en los últimos meses y que os recomiendo. Vais a entrar en un espacio cuidado, iluminado tenuemente, que huele a cera y a historia y que automáticamente os transportará a otra época.
El museo de carruajes, se encuentra en la planta baja de las instalaciones de Cementerio de Barcelona. El Museo permanece abierto todo el año y el horario de visita es de lunes a viernes de 10 a 13 y de 16 a 18h. Sábados, Domingos y festivos de 10 a 13, pero si queréis mas información podéis llamar al 902076902. La entrada es gratuita


Fuente: pervive.com

Restos en el cementerio seran hallados a traves de un “click”


El Cementerio General de La Paz tiene entre sus murallas a alrededor de 107 mil nichos. Con un nuevo sistema informático se podrá ubicar los restos de una persona con sólo proporcionar uno de tres datos de ésta. La búsqueda durará apenas unos segundos.


“Si una persona se ausentó del país 5 o más años y se olvidó dónde estaban los restos de un familiar, la administración le informará dónde se encuentran. Sólo deberá dar el nombre o el número de carnet de identidad o la fecha de fallecimiento. Con esos datos se busca inmediatamente y se le informa dónde están los restos”, explicó el administrador del camposanto, Willy Rolando Huayta.
El sistema informático arrancó en septiembre y el primer proceso que atiende es la asignación de nichos. De esta forma se evita preferencias en el lugar y se ahorra tiempo. “Evita que personas particulares o las funerarias quieran corromper o sobornar a los funcionarios municipales a cambio de una buena ubicación para el nicho”, argumentó.
Al principio se demoraba hasta medio día en este proceso. Los últimos reportes informan que la asignación se la hace hasta las 10.00, considerando que los trámites se inician a las 8.30. Por día se hacen cerca de 22 asignaciones, 15 en cuerpo mayor y siete en cuerpo menor.
Los familiares deben presentar el certificado de defunción, se verifica el lugar para que no tenga inconvenientes, como excesiva humedad y otros factores; se hace la liquidación a través de un formulario y luego se paga en una agencia bancaria.
Con estas mejoras se evita que las personas hagan filas desde la madrugada, tal como se hacía antes. “Tenían la idea de que viniendo temprano podrían tener un lugar preferencial –entre la segunda y la tercera fila– que les permita a los dolientes poner flores o visitar a sus difuntos cómodamente”, aclaró Huayta.
El sistema es automatizado y permite que las personas particulares o las funerarias se acerquen a las oficinas de Liquidación y sólo apretando un botón se hará la asignación del nicho.
Por norma, el cementerio alberga los cuerpos de los difuntos por ocho años. Después, los familiares pueden trasladar los restos a nichos de cuerpo menor por otros seis años, cremarlos o llevarlos a lugares privados.
Sin embargo, tres de cada 10 cuerpos enterrados nunca son visitados por sus familiares. En caso de abandono son trasladados a un depósito o son enterrados en una fosa común.
Fuente:http://www.paginasiete.bo/2011-10-19/Sociedad/NoticiaPrincipal/29Soc01-191011.aspx

martes, 18 de octubre de 2011

Llega el Dia de Muertos a Nueva York


  • Presentarán exhibición de tradición mexicana
  • La exhibición que aborda temas sociales -aseguran- contribuye de forma importante para la reflexión de lo social y política.
    NUEVA YORK, ESTADOS UNIDOS 
    Los artistas mexicanos Andrea Arroyo y Felipe Galindo presentarán una exposición de arte para conmemorar y promover la tradición de México, el Día de los Muertos, que iniciará este fin de semana, en la Gran Manzana.  
    Arroyo exhibirá la obra 'Altar, una selección de 30 trabajos de su proyecto en curso 'Flor de Tierra, homenaje a las mujeres de Juárez', que busca rendir un tributo a las damas de la localidad fronteriza de Juárez, Chihuahua, que han sido víctimas mortales del crimen.  
    Las autoridades calculan que durante los últimos 15 años, unas 400 mujeres han desaparecido o han sido asesinadas, muchas fueron abandonadas en el desierto o enterradas en tumbas poco profundas.  
    'Llevo varios años trabajando en mi proyecto sobre las mujeres de Juárez, y la fecha del Día de los Muertos me pareció una buen oportunidad para hacer un homenaje a las víctimas, de una manera creativa', dijo Arroyo.  
    Como artista, Arroyo se ha interesado en temas relacionados con los derechos de las mujeres y en celebrar a éstas y sus aportes a la sociedad.  
    'El mensaje que quiero proyectar es que la vida de todos los seres humanos debe valorarse por igual, independientemente de su género, clase o raza', expresó.  
    Por su parte, Galindo, quien se ha destacado por sus trabajos de humor y caricatura, señaló que la muerte es uno de los temas más tradicionales de los caricaturistas mexicanos.  
    Añadió que durante algunos años ha venido creando trabajos de humor relacionados con la muerte y el Halloween, y algunos de sus trabajos inéditos serán expuestos en la Galería Azucarera, ubicada en el Alto Manhattan.  
    La obra que Galindo presentará se denomina 'Huesos Graciosos', una serie de trabajos de humor que celebran esta tradición, en la que el artista une las culturas estadounidense y mexicana, inspiradas en altares de la muerte, así como de imagenes contemporáneas.  
    Los artistas aseguran que la exhibición les brinda la oportunidad de hacerle saber a la audiencia sobre la situación de violencia que actualmente se vive en México.  
    'El caso de las mujeres de Juárez no es tan conocido en esta parte del país -como lo es en el sur y el oeste de Estados Unidos-, así que la exhibición -además de cumplir su principal meta, que es ser un proyecto artístico relevante-, servirá también para llamar la atención sobre la violencia en contra de las mujeres', expresó Arroyo.  
    Indicaron que en estos días es inevitable hablar de México y no mencionar la situación de violencia que allí se vive.  
    'Yo hago mucho énfasis en cómo el consumo de drogas aquí desgraciadamente genera parte de esa violencia, así como el tráfico de armas', acotó Galindo.  
    La exhibición que aborda temas sociales -aseguran- contribuye de forma importante para la reflexión de lo social y política, y que el arte es un instrumento para promover el diálogo y resolver conflictos.  
    Galindo puso como ejemplo el caso de la muerte del hijo del poeta Javier Sicilia, en Cuernavaca, que luego por medio de sus textos poéticos de denuncia, se generó un repudio social a nivel nacional e internacional a la violencia.  
    'La expresión artística se convirtió en una obligación moral', afirmó Galindo.  
    El Día de los Muertos es una antigua tradición Mexicana que es utilizada para recordar a los ancestros y seres queridos que han fallecido.  
    'Como humorista toco casi todos los temas y en este caso, retomo el hecho de que en México siempre se toca a la muerte por estas fechas con humor, como las famosas 'Calaveras' a los políticos. En mi caso quiero dar una visión humorística de este delicado tema', añadió.  
    La exposición estará abierta al público hasta noviembre 12 próximo.
    Creditos: NTX / APBV
    Fuente: www.informador.com.mx

Habra segunda muestra de altares en Tlaquepaque


  • A través del museo Panteleón Panduro, se buscan participantes para esta exposición
  • Después del éxito que tuvieron las catrinas deportivas en el centro del municipio, el ayuntamiento festejará el Día de Muertos



TLAQUEPAQUE, JALISCO, MEXICO




La encargada del despacho del Museo del Premio Nacional de la Cerámica, Elizabeth Cotero Gómez, manifestó que se llevará a cabo la 'Segunda muestra de altares de arte popular juvenil'.  

Dijo que después del éxito que tuvieron las catrinas deportivas en este municipio, para adornar las principales calles del centro histórico durante los Panamericanos, el ayuntamiento realizará los festejos del Día de Muertos. 
Agregó que a través del Museo Pantaleón Panduro 'se buscan participantes para esta Segunda Muestra de Altares de Arte Popular Juvenil'.  

Mencionó que la convocatoria se encuentra abierta para todo el público en general, así como a instituciones, organizaciones escuelas primarias públicas y empresas.  

Comentó que el altar debe ser apegado a las tradiciones populares mexicanas, 'el objetivo del concurso es preservarlas entre las nuevas generaciones, por lo que deberán contar con elementos como papel de china picado, veladoras, flor de cempasúchil, ofrendas y una fotografía de la persona a la que se le dedica el tributo'.  

Expresó que las inscripciones son gratuitas y quedan abiertas hasta el próximo 21 de octubre, por lo que los interesados deberán acudir a las oficinas del Museo del Premio Nacional de la Cerámica para registrarse, en la calle Prisciliano Sánchez 191.  

Afirmó que los participantes deberán presentar original y copia de la credencial de elector y comprobante de domicilio, en caso de ser un menor deberá presentarse acompañado de un adulto, el cual firmará como responsable.  

Puntualizó que el montaje de los altares de muerto se llevará a cabo del 24 al 27 de octubre en salas del Centro Cultural El Refugio.



Creditos: NTX / APBV
Fuente: www.informador.com.mx

lunes, 17 de octubre de 2011

El Luto


Hasta 1950 aproximadamente la muerte de un familiar obligaba a tener en cuenta una serie de costumbres y ritos que acentuaban más el dolor a muerte de ese ser querido, la vestimenta, el color negro, el silencio sepulcral, ni se podía escuchar música! El algunas ocasiones solamente se escuchaba música sacra. En la casa reinaba el silencio absoluto y solemne, solamente se podía hablar en voz baja. 
Las mujeres vestían un año completo de luto si moría su esposo, padres o hermanos, ya sea en su casa o para la vida social. Si la mujer salía debía cumplir con la vestimenta para estos casos, vestidos de manga larga, con guantes, sombrero negro y su cara cubierta por un tul. Ya al segundo año se podían liberar de lo nombrado últimamente... 


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domingo, 16 de octubre de 2011

La muerte y la vida nos habla constantemente... es solo cuestion de prestarles atencion.


Fuente: Quinto Dia -- http://blogs.paysandu.com

Muchos britanicos no tienen donde caerse muertos.

La idea de pasar el descanso eterno al lado de los seres queridos reconforta a muchas personas y es la razón por la que algunas familias pagan una fortuna por una pequeña parcela de tierra en un cementerio.
Sin embargo, muchos británicos lo tienen cada vez más difícil para encontrar su hueco en el cementerio.

A diferencia de otros países, la ley británica prohíbe reutilizar las tumbas
"En el caso de que quisiera, no podría ser enterrada junto a mis familiares en el Cementerio Yardley del sur de la ciudad de Birmingham porque se quedó sin espacio en 1962".
"Del mismo modo, tendría que pelearme para encontrar un lugar cerca de otra rama de mi familia en el municipio de Halesowen. Allí tampoco hay espacio ni tampoco en otros camposantos en los cercanos Lye y Wollescote, que se cree que en los próximos cuatro años habrán ocupado los últimos lugares vacíos".
"Ante esta situación en la zona céntrica del país pensé en continuar mi búsqueda en el sur. Viví en la ciudad costera de Brighton y ser enterrada junto al mar me suena muy bien, pero cuatro de los siete cementerios en Brighton y la vecina Hove están ya llenos, y de los tres que quedan, uno es solo para judíos ortodoxos".
"Así que tengo la posibilidad de elegir entre dos cementerios pero, como tengo planes de vivir hasta los 100, tendré que confiar en que la gente que muera en los próximos 72 años no me quite la opción de reclamar mi espacio".
La mayoría de los británicos prefiere que al morir su cuerpo sea cremado y algunos optan por donarlo a la ciencia, pero por razones religiosas u otras creencias de honda raigambre, el enterramiento es la única opción para alrededor del 30% de los británicos.
El dilema de los cementerios saturados es especialmente grave en las grandes ciudades.
"Francamente, nos hemos quedado sin capacidad", dice un cargo municipal del barrio londinense de Southwark, al sur de la capital, donde el espacio se agotará en tres meses.
El consejo local está recurriendo a soluciones creativas para disponer entonces de tierra. En la lista de remedios potenciales se encuentra el método conocido como "dig and deepen" (cava y profundiza), por el que los restos son exhumados para volver a ser enterrados a mayor profundidad. De esta forma se consigue más espacio para apilar ataudes, algo así como un cementerio de dos pisos.
Las autoridades han encontrado cierta oposición, pero afirman que ha sido usada por la Iglesia Anglicana durante años y según sus encuestas la mayoría está a favor de esta solución.
Más controversia ha originado la idea de convertir en cementerio una zona de recreo infantil, que ofrece espacio para seguir con los entierros durante 30 años.

Tumbas reusadas
Otros países se ahorran estos dolores de cabeza gracias a un pragmatismo mayor.
En Alemania, por ejemplo, las tumbas son reutilizadas después de solo 30 años y lo común es que los restos exhumados sean cremados.
En Australia y Nueva Zelanda el método del "cava y profundiza" es la práctica habitual en los centros urbanos.
Son soluciones por la que aboga el Instituto de Gestión de Cementerios y Crematorios británico, que lleva años solicitándolo a las autoridades.
La reutilización es común en muchos otros países, y fue una práctica común en Reino Unido hasta los años cincuenta del siglo XIX.
"Los enterradores alemanes me dicen que allí hay gente que pide incluso rebajar el límite de 30 a 20 años", asegura Tim Morris, jefe ejecutivo del Instituto.
Los británicos que viven en zonas donde no hay espacio para ser enterrado se ven forzados a acudir a cementerios fuera de su vecindad, y por ello tienen que pagar un sobreprecio, lo que encarece su tumba hasta tres veces más que la de un residente de ese área.
Mientras las autoridades locales buscan soluciones de emergencia, Morris espera una solución a nivel nacional, que pasaría por un cambio de la ley del siglo XIX que prohíbe desenterrar cadáveres.
Hasta entonces el dilema seguirá irresuelto y de paso, seguirá reflejando dos verdades perdurables: que la muerte es inevitable y que el espacio se está agotando.

Fuente: BBC Mundo - www.bbc.co.uk

Muerte a la mexicana

En el predio donde se aloja el centro de prensa, también se desarrolló una particular exposición del negocio funerario.


El carruaje negro ubicado en el lobby
GUADALAJARA.- El centro de prensa de los Panamericanos se ubica en la gigantesca Expo Guadalajara. Y dentro de ella se suceden distintas convenciones. Ayer terminó la Expo Funerario 2011, cuya carta de presentación es un ataúd dentro de un carruaje negro en tamaño real, ubicado en el lobby. México tiene una veneración especial con la muerte. 
Se manifiesta, por ejemplo, en el Día de Muertos, la celebración que se realiza los 2 de noviembre y que honra a sus difuntos; comienza el 1° y coincide con las celebraciones católicas del Día de los Fieles Difuntos y Todos los Santos. Desde la pintura, el gran Diego Rivera alumbró el famoso mural "Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central", en donde se distingue el personaje del esqueleto disfrazado de mujer. "A todos nos da miedo la muerte, pero lo que hacemos en México es facilitar el acceso a ella. Que no sea necesariamente un dolor, sino aligerarla, que represente un alivio", dice Teresa Rodríguez, organizadora de la Expo Funerario. 

Para quien se apasionó con la serie norteamericana Six Feet Under (Dos metros bajo tierra), la exposición es un recorrido fantástico con todos los elementos de esta industria. Aparece "El Guardián de los Muertos" como el protector de los emprendedores de este rubro, desde directores de funerarias hasta maquillistas, tanatólogos, cremadores y fabricantes de ataúdes. "A veces nos nombran como buitres o coyotes, pero aceptamos la crítica de quienes dicen que lucramos con el dolor ajeno. Nuestra profesión nos hace fuertes y a la vez sensibles. Si los funerarios contáramos todo lo que nos tocó vivir.", se lee en un afiche de la revista oficial de El Guardián de los Muertos. Ayer se realizaron dos conferencias: "Embalsamar y sus tendencias, seguridad y ventajas" y "El buen morir, la tanatología como marketing funerario". En los pasillos de la exposición se observan urnas de madera, coches funerarios, hornos crematorios, velas, crucifijos y ataúdes de todos los tamaños y materiales, hasta los ecológicos. También imágenes desde un plasma sobre la reconstrucción facial de una recién fallecida, no aptas para impresionables. Rebeca Fajardo realiza ese tipo de trabajos: "Hay que tener vocación de servicio y una actitud positiva para sacar adelante esta tarea y presentarle el cuerpo a la familia de la mejor manera. El fallecido queda como si se hubiese quedado plácidamente dormido y con diez años menos", se enorgullece la licenciada. Y por allí, como un culto prohibido para la iglesia católica, surge Santa Muerte, una figura que aquí recibe tantas peticiones de amor como malintencionadas. 

Por Gastón Saiz / Enviado especial. 
Fuente: http://www.canchallena.com/1413984-muerte-a-la-mexicana

Incesto de Piedra

Por: Omar Lopez Mato


“Francia fue un largo despotismo atemperado por epigramas”,
Thomas Carlyle.
(La Revolución francesa)


Girolamo Della Robbia
Las monarquías europeas adquirieron la costumbre de enterrar a sus reyes, príncipes, princesas y demás miembros de las familias reales bajo un mismo techo.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Morir en Buenos Aires - Entierros, velatorios y cementerios en la vieja ciudad

Por: Omar Lopez Mato



John Steinbeck decía que una persona pudo haber vivido una vida dorada o una vida deslucida, con afectos o desencuentros, pero al morir se convierte en el centro de una de las manifestaciones más complejas de la sociedad: los ritos funerarios, reflejos de los hábitos y costumbres de un pueblo o una época. Nuestra ciudad nació y creció entre muertos que se enterraron y descansaron por siglos en lugares insospechados para nuestras mentes del siglo XXI.

El 11 de junio de 1580, al fijar don Juan de Garay la cruz de madera donde debía levantarse la iglesia mayor de la nueva ciudad, con la presencia de los dos únicos sacerdotes que lo acompañaron, fray Juan de Rivadeneira y Antonio Díaz Picón, indicaba de alguna forma, dónde dejarían sus huesos los fieles cristianos que tuviesen la peregrina idea de morirse en esta mísera aldea. Allí se enterraron los primeros habitantes de esta Santísima Trinidad y su puerto de Santa María de los Buenos Aires, y luego se enterrarían por casi dos siglos dentro de las iglesias que lentamente poblaron la ciudad. Todavía esos templos albergan a algunos grandes señores honrados con la proximidad al altar que su prosapia y prodigiosas acciones les permitieron merecer. Uno de los más antiguos habitantes porteños que se conserva en la Catedral, fue nuestro primer obispo, fray Pedro de Carranza, fallecido hacia 1630.


Descanso eterno en las Iglesias

         En la iglesia San Juan Bautista descansan los restos de don Pedro Melo de Portugal y Villena, quinto virrey del Plata, muerto en Montevideo hacia 1797 y trasladado a este reposo eterno por expresa voluntad. Además, bajo el coro de esta iglesia existe una cripta que albergó los cuerpos de doscientas setenta monjas clarisas.

         En la iglesia de San Francisco y su respectiva capilla de San Roque funcionaron hasta 1882 sendos enterratorios. A la entrada del templo están los restos de fray Luis Bolaños, misionero del litoral; también de los frailes Gabriel y Juan Arregui, hermanos y obispos franciscanos, promotores de la construcción de este templo y fray Argañaraz. Bajo el altar funcionó una cripta a la que se accede por el desplazamiento de una placa de mármol. Allí todavía reposa el doctor Mariano Acosta ‑gobernador de Buenos Aires y vicepresidente de Nicolás Avellaneda entre 1874 y 1880 junto a su esposa María Remedios de Oromi Escalada, sobrina de la esposa del general San Martín.

         Una placa recuerda a la esposa del Virrey del Pino ‑la llamada “Virreina vieja”, suegra de Bernardino Rivadavia. Se conserva además el hermoso ataúd que albergara a Fray Luis Bolaños, traído de España por el capitán Maldonado. El camposanto que perteneció a esta iglesia se encontraba a sus espaldas, donde estaba el pasaje 5 de Julio, hoy también desaparecido. Todo a escasos metros de la actual Casa Rosada.

         En Santo Domingo descansa en altar propio don Juan Antonio Lezica y Osamiz, acaudalado comerciante que colaboró con su primo Juan José de Lezica y Torrezuri, en la construcción de este templo (don Juan José tuvo menos suerte, ya que murió y fue enterrado en Luján, donde habría sido confinado por razones políticas: “No me voy, que me lleven”, dijo irónicamente al ser conducido a su reclusión). También dentro del templo están los restos de los padres del general Belgrano, por las generosas contribuciones con las que habían favorecido esa iglesia. También debería estar aquí don Martín de Alzaga, por mérito y piadosa caridad, empañada a último momento por su ejecución en la Plaza de Mayo, circunstancia que le impidió ser sepultado en el templo por el que tanto había hecho (sin embargo, paradójicamente, una placa lo recuerda al lado del general Zapiola, de conocida militancia masónica). Los restos de Alzaga fueron hallados en el patio de la iglesia de San Miguel y trasladados a la bóveda familiar en la Recoleta para reencontrarse con su esposa e hijas, que no volvieron a salir de su hogar después del ajusticiamiento de su padre hasta que la muerte las condujo a esa cripta ([1]). El general Antonio González Balcarce, vencedor de Suipacha, yace en este templo, al igual que el general Hilarión de la Quintana, tío de Remedios Escalada. El último en ser aquí enterrado fue José Nevares Trespalacios, hijo de Alejo Nevares, ambos celosos defensores de la fe de sus mayores.

         Es en la iglesia del Pilar, donde Martín Altolaguirre ocupa un lugar de privilegio, custodiado por las reliquias de tantos santos asegurándose un espacio en los cielos, al igual que su hermano, fray Francisco, enterrado bajo el Altar Mayor. Una placa bajo el altar de la virgen del Carmen dice que la “Virreina Vieja” se encuentra aquí enterrada. En realidad su cuerpo momificado se conservó en la cripta de San Francisco, hasta el incendio del templo en 1955; después fue trasladado a su presente emplazamiento. Con menor prosapia, pero más próximos a nuestra historia, están enterrados aquí el doctor Miguel O'Gorman (fundador del Protomedicato y tío abuelo de Camila), el tío de Bernardino Rivadavia y el primero de los Yrigoyen, además de la madre del general Juan Lavalle, casi a la entrada de la Basílica.

En la Catedral

         La Catedral alberga no sólo a José de San Martín, Gregorio Las Heras y Tomás Guido, sino al combativo monseñor Federico Aneiros ‑bajo una hermosa escultura de Víctor de Pol‑ y al cardenal Antonio Quarracino, que pidió ser enterrado allí con sus padres. Además se encuentran otros obispos de esta ciudad, como Fermín Lafitte, Mariano Espinosa, José María Bottaro y el cardenal Antonio Caggiano.

         En su cripta descansa don Domingo Basavilbaso, síndico de la Catedral, distinguido caballero de destacados servicios al frente del primitivo correo colonial, que le valió en vida la consideración del mismísimo Rey de España, y más allá de las mundanas vanidades, el indiscutible honor de merecer un reposo eterno en este lugar de privilegio. Su esposa está enterrada muy cerca de José de San Martín.

Otros lugares

         Pero no todos ostentaban los méritos y blasones de estos señores. La gente moría por los ataques imprevistos de indios y piratas, por hambrunas y pestes. Cuando estas últimas asolaban a la población, se acostumbraba hacer una fosa común lo más lejana posible para ahuyentar los malos aires, arrastrando al occiso envuelto en humilde mortaja, atada a la cola de un caballo. Pronto las iglesias agotaron sus espacios y se hizo necesario enterrar en las vecindades benditas, que se llamaron Campo Santo. Aquí también la cercanía era una condición de honor y los mismos muros se convirtieron en distinguidos sepulcros como aún hoy se ven en la iglesia del Pilar.

         Una vez cumplido el trámite del velatorio (para descartar inesperados retornos del más allá), el fallecido era amortajado con un sayal de la orden a la que pertenecía. Estos sayales decían tener mayor capacidad redentora en la medida que hubiesen pertenecido por más tiempo a sacerdotes de renombrada santidad. Juan José Paso, Encarnación Ezcurra, Agustina López Osorno de Ortíz de Rosas y hasta don Hipólito Yrigoyen, fueron enterrados siguiendo esta costumbre.

         Una vez trasladado el ataúd a pulso hasta la iglesia, acompañado por los deudos y el tañido de las campanas, se oficiaba primero una misa de difuntos, para ser conducido finalmente hasta una fosa cavada bajo el piso del templo. Vuelta la baldosa a su lugar, sólo se señalaba ese sitio en circunstancias muy especiales. Pero las familias reconocían el lugar y generalmente allí se ubicaban cuando asistían a los servicios religiosos. Los entierros en campo santo eran menos espectaculares, ya que estos lugares eran reservados para personajes de menor abolengo.

         Esta costumbre de enterrar en las iglesias tendría sus días contados, cuando llegaron al gobierno de la provincia de Buenos Aires Martín Rodríguez y su ideólogo, Bernardino Rivadavia. Aunque en 1803 ya se había prohibido sepultar en los templos por los peligros que eso implicaba para la salud (más los aromas irrespirables durante el verano), la medida fue resistida por la población que continuó sepultando en las iglesias, a falta de otro lugar más adecuado.

         Desde 1787, la Real Hermandad de San José y Animas del Campo Santo, se encargaba de ofrecer cristiana sepultura a todos aquellos que no podían afrontar los gastos del entierro, y oficiaban el rito en un terreno vecino a la Parroquia de San Pedro González Telmo (ubicado sobre la actual Humberto 1° y Defensa).

Esclavos y disidentes

         El asunto de la muerte se complicaba en el caso de los esclavos, que cuando fallecían eran abandonados en algún “hueco” o espacio para ser devorados por los cientos de perros cimarrones que vagaban por la ciudad. O con las guerras, como en tiempos de las Invasiones Inglesas, que obligaron a utilizar el patio del Convento de las Clarisas (Alsina 824), donde fueron enterrados los héroes patricios de esas jornadas.

         Otro problema eran los impíos protestantes, enterrados precariamente a orillas del río, en los bajos del Retiro. Esta situación se subsanó hacia 1820, cuando la poderosa colectividad inglesa obtuvo el permiso para emplazar un cementerio a espaldas de la Iglesia del Socorro, comprado a la viuda de Benito Zelada, donde estuvieron enterradas la esposa del diplomático Woodbine Parish y la hija de Guillermo Brown, Elizabeth, junto a su prometido, el oficial Francis Drumond, muerto en la batalla de Monte Santiago en brazos del Almirante. Años después, pediría que a su muerte sus restos fuesen sepultados junto a los de su adorada hija (víctima de un suicidio romántico), como se puede ver actualmente en el cementerio de la Recoleta, donde una caja de madera se esconde tras el bronce de los cañones que atesoran los restos de Brown. No pasó lo mismo con su esposa, Elizabeth Chitty de Brown, que actualmente yace en el lugar que ocupara el segundo cementerio de disidentes, en la plaza Primero de Mayo, ubicada en Pasco y Alsina, donde también dicen que quedó el abuelo inglés de Carlos Pellegrini, el ingeniero Bevans.

         Finalmente, los ingleses, estadounidenses y alemanes intercambiaron estos lotes por tierras vecinas a la Chacarita y aunaron sus fuerzas para honrar a sus muertos, cosa que las guerras mundiales consiguieron nuevamente dividir en los actuales cementerios Británico y Alemán, separados por una ligustrina.

El Cementerio del Norte

         El 13 de diciembre de 1821, Martín Rodríguez y Bernardino Rivadavia refrendan el decreto 109 que obligaba a “Todos los cadáveres a ser conducidos y sepultados en el cementerio que se llamará de Miserere”. Pero como no se disponía del dinero para refaccionar este enterratorio (lugar que hoy ocupa “Nuestra Señora de Balvanera”), se optó por decomisar el huerto que poseían los padres recoletos, vecino a la Iglesia del Pilar. Así se creó el cementerio del Norte, por un artículo del 8 de julio de 1822, siendo nombrado capellán el padre Juan Antonio Acevedo, que ya ejercía esa función en el humilde cementerio de los betlemitas.

         Las primeros habitantes de este nuevo campo santo fueron “el liberto Juan Benito y María de los Dolores Maciel, niña de Uruguay”, al decir de Jorge Luis Borges, que le dio un origen oriental, aunque el folio I señale a la joven como natural de esta ciudad (una versión menos poética dice que el primero en ser enterrado fue Gregorio Real y Díaz Vélez, muerto de tisis, según el diario de Juan Manuel Beruti, aunque la gente prefiera siempre un curioso desliz literario a una certera realidad). Mariano Zabaleta otorgó a este huerto su bendición. Esta secularización no fue por todos mansamente recibida y mereció las punzantes críticas de fray Cayetano Rodríguez y de fray Castañeda, que terminaron con el exilio de este belicoso sacerdote al fuerte San Martín, en tierras de don Francisco de Ramos Mejía, donde no cesó con su activa búsqueda de herejías. Pero esa es otra historia .

La Recoleta

         El humilde huerto se pobló de cruces y de túmulos, a lo largo de los caminos diseñados por el ingeniero francés Próspero Catelin, asistido por el misterioso Pierre Benoit, el nunca ungido Luis XVII de Francia, según la chismografía local. Ambos diseñaron el frontispicio de nuestra Catedral. Benoit fue por mucho tiempo jefe del Departamento de Topografía, al que no podía asistir por enfermedad. Don Juan Manuel de Rosas jamás lo molestó, “Dejen tranquilo al francés” solía decir. Murió misteriosamente después de la visita de un compatriota.

         Por años nuestro cementerio creció descuidado y anárquico, como la nación, mereciendo algunas construcciones de más envergadura en las que algunas familias enterraban a sus deudos, como los Bustillo (los primeros en erigir una bóveda), los Anchorena y la de Ignacio Pequeño, que persisten hasta la fecha.

         Más hacia el fondo (sobre lo que hoy es la calle Azcuénaga), en una fosa común, se enterraban a los muertos apilados de a cuatro, sin más ceremonia que unas paladas de cal y tierra.

         En 1825 la ciudad fue testigo de un evento muy particular, quizás sólo comparable al traslado del cementerio “Des Innocents” a las catacumbas parisinas (“El imperio de la Muerte”, como reza a su entrada). Por orden de las autoridades nativas, deseosas de limpiar la ciudad de dispersos cadáveres, se obligó a trasladar masivamente a los quietos pobladores de iglesias y campos santos hacia el Cementerio del Norte, oportunidad en que los habitantes de Buenos Aires pudieron ofrecer un impensado último adiós a sus seres queridos (así es que el doctor Cosme Argerich llegó al lugar que ocupa hoy en la Recoleta).

         Periódicamente, existían amenazas de clausura para evitar el desorden en el que crecía la nueva necrópolis, mientras se iba poblando de nuevos ciudadanos meritorios y otros menos plausibles. Aquí, don Juan Manuel de Rosas enterró al coronel Manuel Dorrego un año después de su muerte y reservó un espacio para aquellos habitantes distinguidos ‑a criterio del Restaurador‑ por sus tareas cívicas: Pedriel, Estomba, De la Peña, Deán Funes, Marcos Balcarce y Cornelio Saavedra, accedieron a ese Olimpo patricio casi en el corazón de la Recoleta, en el “Panteón de los Ciudadanos Meritorios”. Mientras tanto, a la entrada se erigió el primero de los muchos monumentos funerarios que adornarían estas bóvedas, la que el Antonio Demarchi encargara a su amigo Tartarini en honor a su suegro, el general Quiroga. Así nació “La Dolorosa”, que no es una virgen, sino la imagen transida de dolor de María Fernández, esposa de Facundo, imagen reproducida sobre los techos de las tumbas que alternan con arcángeles y cruces los cielos del cementerio.

         En los primeros tiempos, el arte funerario era más sobrio y ascético que el que impondría la burguesía adinerada de fines del siglo XIX. Sólo copones, túmulos y placas de mármol con laudatorias referencias hacia los allí enterrados‑como los doctores Fonseca y Medina‑ o en el caso del comerciante Francisco Alvarez, que en su tumba acusa a sus desleales “amigos” asesinos. Los excesos de la Mazorca, las guerras civiles, las eternas pestes y el retorno con gloria de los unitarios muertos en el exilio, terminaron por completar los espacios disponibles que vieron desbordada su capacidad durante la epidemia de fiebre amarilla. Atiborrada la Recoleta y el cementerio del Sur, se dispuso la creación del Cementerio del Oeste en la Chacarita de los Colegiales hacia 1871, en las antiguas tierras de los jesuitas, entonces en manos del Colegio Nacional Buenos Aires, que usaba esas dependencias para esparcimiento de sus estudiantes, como relatara Miguel Cané en Juvenilia. Era un bucólico espacio donde pastaban las vacas entre sepulcros y cruces. La primera persona en ser enterrada aquí fue el albañil Manuel Rodríguez, muerto justamente durante la epidemia.

Carroza Fúnebre en la puerta del Cementerio de la Recoleta



Transportando muertos

         Los adelantos permitieron el traslado hacia esas lejanas comarcas a través de la legendaria “Porteña” ([2]), que en épocas de crisis servía de “tren fúnebre”, como se le dio en llamar, reemplazando al carro fúnebre prestado por la policía, según el famoso decreto 109 de 1822, que establecía gratuidad en caso de pobreza de solemnidad y más adornos y lujos, según crecientes tarifas.
         El primero en gozar de este privilegio en 1822 fue Augusto Rodney, ministro plenipotenciario estadounidense, sobrino de uno de los firmantes del acta de Independencia americana, sorpresivamente fallecido durante su visita a Buenos Aires y enterrado con pompa en el primer cementerio protestante.
         Existió a su vez otro carro extraño, pintado de blanco, con cortinas celestes, conducido por un joven vestido de colorado con sombrero coronado por un penacho blanco, reservado para los entierros de niños, que se dio en llamar el “Carro de los Angelitos”.

         Las familias competían en mostrar desmedido dolor y respeto por el difunto, alquilando carros en proporciones exageradas, lo que llevó al gobernador Juan José Viamonte a legislar, en octubre de 1829, un decreto limitando el número de vehículos, ya que este afán de ostentación había llevado a la ruina a más de una familia de pocos recursos, pero con grandes aspiraciones.

         En 1888 se hizo cargo de este lúgubre transporte la compañía de Tranvías Federico Lacroze, con seis servicios diarios que partían de Corrientes y Medrano.
         Hacia 1863 surgió un nuevo enfrentamiento entre las masónicas autoridades y la Iglesia, que hasta el momento se había negado a permitir descansar en campo santo a todos aquellos que se opusieron a sus creencias, llegando al punto de desenterrar o negar sepultura al ex presidente Santiago Derqui, excomulgado por el obispo de Córdoba, monseñor Benito Lascano. Ese año murió Blas Agüero, conocido francmasón y ateo (que no son la misma cosa, como simplistamente veían sus opositores), amigo personal del general Bartolomé Mitre. Monseñor Aneiros le negó cristiana sepultura, a lo que Mitre se opuso y ordenó su entierro en la Recoleta. Monseñor Aneiros quitó entonces la bendición al cementerio, circunstancia que persiste a la fecha. Esto permitió un espacio de libre expresión al ideario masónico a través de oscura simbología que pasa inadvertida para el no iniciado, aun desde el mismo pórtico del cementerio.

         Domingo F. Sarmiento sancionó en octubre de 1868 un reglamento, intentando ordenar un tanto la desorganizada necrópolis. De esta manera, ponía en práctica alguna de las ideas que había estudiado durante su estadía en Europa. Copiando el orden germano de sus “Totenhaus” ‑casas de muertos‑ ordenó que ningún cadáver podía ser enterrado antes de transcurridas treinta horas, permaneciendo con la tapa sin clavar y con un cordel atado a un dedo del difunto con una campanilla, para el caso de que éste decidiese retornar al mundo de los vivos.

         Igualmente el cementerio crecía en anarquía, hasta que el activo Torcuato de Alvear, el primer intendente de Buenos Aires, decidió reorganizarlo bajo la dirección de su dilecto colaborador, el arquitecto Juan A. Buschiazzo, imprimiendo al lugar el aspecto que hoy conocemos, convertido en Panteón de la Patria, con algo de museo fúnebre como Pére Lachaise en París y Staglieno en Génova.

         En nuestras tierras se acudía a tributar un último adiós a los que partían, con profusión de trajes negros, luto riguroso (que se mantenía por meses), muchos llantos (aun a expensas de contratadas lloronas), largos y algunos memorables discursos, con más de un orador cuando la importancia del difunto así lo requería.

         Estas ceremonias estaban reservadas solamente a los hombres. Las mujeres sufrían en su hogar, no en público.
         Las visitas al cementerio eran obligadas y las familias se paseaban por sus corredores no sólo para rendir respetos al ido, sino con inconfesables vanidades y ostentaciones mundanas. Las vecindades del cementerio se poblaron con marmolerías, broncerías, constructores y floristas en las mismas cuadras que hoy ocupan elegantes restaurantes y lugares para noctámbulos. Esta característica frívola, que tanto asombra a los turistas, tiene su origen en las Romerías del Pilar, festejos en honor a la virgen de Zaragoza, que se llevaban a cabo todos los 12 de octubre en las cercanías del cementerio, hasta bien entrado el siglo XX.

El arte en la Recoleta

         El crecimiento económico permitió a la acomodada burguesía copiar lujosos detalles aprendidos durante sus prolongadas temporadas europeas, materializadas en el magnífico Cristo de Monteverdi (donado por una dama que prefirió el anonimato), las bóvedas de los Ortiz Basualdo ‑réplica de la bóveda Montanari en Staglieno‑, los monumentos a los generales Campos o el magnífico sepulcro de José C. Paz, obra del escultor francés Jules Félix Coutan.

         Pero los artistas no fueron solamente europeos. Todos los notables escultores argentinos conocidos ‑y algunos ignotos nos legaron sus obras de bronce y mármol: Lola Mora, Lucio Correa Morales, Luis Perlotti, José Fioravanti, Torcuato Tasso, Tomas¡ Leone, Agustín Riganelli, Pedro Zonza Briano y el desconocido Godin, dejaron su impronta tanto en la Recoleta como en la Chacarita, honrando a ilustres prohombres y personajes que a veces lograron su persistencia en el recuerdo gracias a su última morada. Tal el caso del cuidador Alleno, que siguiendo la usanza de sus mayores genoveses, se hizo retratar de cuerpo entero por el escultor Canepa ‑en Italia‑, tal como era en su juventud, cuando se paseaba por estos pasillos con sus llaves y un pañuelo al cuello.

         Otros, no sólo permanecen en la memoria por la estatuaria sino por insólitos requerimientos. Como el señor Gath, de la tienda Gath & Chaves, sosteniendo entre sus manos un dispositivo eléctrico para abrir su féretro en caso de necesidad imperiosa, cosa que afortunadamente hasta la fecha no ha utilizado. O la tenebrosa historia de Rufina Cambaceres, supuestamente enterrada en estado cataléptico, aunque falten evidencias para afirmar esta dolorosa circunstancia. Al menos este penoso episodio nos permitió gozar de la hermosa obra de Richard Aigner, primera trabajo art nouveau de Buenos Aires.

         Los cementerios son lugar obligado de multitudinarias demostraciones de respeto, como el adiós a Hipólito Yrigoyen o a Carlos Pellegrini. O de actos de repudio, como la dolorosa muerte del joven Abel Ayerza a manos de la mafia siciliana. Escenarios del imborrable dolor por los muertos durante la gesta de 1890 en el panteón del Partido Radical. Testigos de la idolatría popular como el culto a la Madre María en la Chacarita, a Carlos Gardel o al último reposo de Eva Perón, todos ellos con permanentes homenajes florales.
         Una constante en todas nuestras necrópolis es la profusión de placas de bronce (como una característica muy particular del país, ya que aún en los cementerios de pueblos pequeños, hacen su permanente aparición) con la que no sólo parientes, sino amigos o compañeros de trabajo recuerdan al difunto.
         Hoy, que pretendemos mantener a la muerte alejada de nuestra vida diaria, esta ha sido desprovista de su connotación religiosa y de su magnificencia renacentista que aunaba los logros terrenales con los méritos trascendentes. Los entierros han perdido su fastuosidad exterior para convertirse en un acto casi íntimo, de último adiós y mínimo luto, que ya no necesita ¡los palcos baignoire de viudas del teatro Colón, un espacio donde ocultarse para escuchar música sin concitar malignos comentarios.
                Los tiempos han cambiado, y de “los panteones enfilados, cuya vanilocuencia hecha mármol, de rectitud y de sombra interior promete o prefigura la deseada dignidad de estar muerto”, que describía Jorge Luis Borges, hemos pasado a elegir bucólicos paisajes de verdes fulgores, con una simple cruz que recuerde el tránsito por esta vida... Al igual que Borges.





NOTAS

EL CEMENTERIO DEL SUR

         Fue creado por el decreto del 1°‑ de junio de 1832 de don Juan Manuel de Rosas. Diseñado originalmente por Prilidiano Pueyrredón, recién fue inaugurado en 1867. Para 1871 ya estaba saturado, fruto de las sucesivas epidemias de cólera y fiebre amarilla. Fue clausurado definitivamente en 1892, y sus tierras destinadas a la formación del Parque Bernardino Rivadavia, actualmente llamado Florentino Ameghino. En su centro, una estatua de Ferrari recuerda a los caídos en cumplimiento del deber durante la epidemia de fiebre amarilla. Los difuntos fueron trasladados a otros cementerios, entre ellos estaban José Mármol y el doctor Francisco Muñiz, actualmente en la Recoleta. Aunque no todos fueron exhumados y probablemente queden algunas tumbas bajo la superficie del actual parque, como la de la esposa del general Gregorio Aráoz de Lamadrid, Luisa Díaz Vélez‑esposa, madre y hermana de héroes de la patria‑ a quien el poeta Guido Spano diligentemente asistió en sus últimos momentos.

EL MIEDO A SER ENTERRADO VIVO

         El miedo a ser enterrado vivo quizás sea más viejo que el miedo a la muerte. Los errores de diagnóstico, los mitos populares y la improbable catalepsia inspiraron más de una novela tenebrosa y quizás alguna disposición protectora entre la parafernalia testamentaria.
         Debemos comprender que recién hace sólo ciento cincuenta años el doctor Bouchout (uno de los discípulos de Laénnec, el inventor del estetoscopio), propuso la auscultación como método de diagnóstico para dictaminar la muerte. Pero todos los médicos saben que diversas circunstancias pueden hacer los latidos inauscultables. En realidad, la discusión científica la comenzó el doctor Jacques Winslow hacia el 1700, afirmando que el único signo indiscutible de muerte era la putrefacción. Sus escritos hubiesen pasado inadvertidos si no fuese por otro colega, el doctor Brushier, que le dio vuelo literario al tema. Esto, junto a relatos poco sustentables científicamente‑pero de popular predilección‑hicieron de esta posibilidad un elemento a considerar. El tema fue de trascendental importancia en Alemania, donde el destacado profesor Hufeland diseñó los primeros “Asilos de la vida dudosa”, donde se guardaban los cuerpos con exquisitos arreglos florales hasta que los gérmenes saprófitos realizasen su trabajo, confirmando el proceso de defunción. Probablemente Sarmiento (al igual que muchos turistas) haya visitado estas casas, ya que impuso algunas de las normas germanas en su reglamento de 1868. El mismo temor hizo crear toda una serie de ataúdes ‑como el “Karnice”, diseñado por el conde ruso del mismo nombre‑, para asegurar la sobrevida del recién llegado del reino de los muertos, mientras avisaba en la superficie, su retorno al mundo de los vivos.
         Los ingleses, siempre más prácticos, solían dejar una generosa suma de dinero a su médico personal, para que se asegurase de que no habría un desagradable retorno. El galeno generalmente cortaba la yugular, o para no andar con vueltas, cortaba la cabeza (como a la esposa del capitán Burton, el traductor de Las mil y una noches). A medida que la ciencia aseguraba los métodos de diagnóstico, estos miedos fueron perdiendo fuerza, aunque cada tanto surgía un nuevo relato sensacionalista de la mano de algún fanático de las teorías de Brushier y Hufeland. Hoy, este temor ha sido reemplazado por otro más sofisticado, bajo la sospecha de que nuestras vidas podrían acortarse ex profeso, por inescrupulosos profesionales ávidos por obtener nuestros latientes corazones o jugosos riñones, para transplantes. Temor prolongado por películas y lecturas pasatistas, inspiradas en estos temas truculentos que nuestro morbo nos empuja a leer.


LA CREMACION


         La incineración de los cadáveres fue una costumbre especialmente difundida entre las tribus nómades que no podían trasladar a sus muertos. La Iglesia Católica la prohibió expresamente hasta 1960. Los protestantes no objetaron este método y lo practican frecuentemente.
         El primero en proponer la cremación en la Argentina fue el doctor Pedro Mallo hacia 1879, a través de la Sociedad Científica Argentina, aunque la primera se haya practicado recién el 26 de diciembre de 1884. Justamente, el día anterior había muerto el señor Pedro Doime, afectado por la fiebre amarilla. Así fue como el doctor José María Ramos Mejía, director de la Asistencia Publica y junto con el doctor José Penna, director del hoy llamado Hospital Muñiz, ante la posibilidad de una nueva epidemia como la catastrófica de 1871 (que costó alrededor de 15.000 vidas) decidieron, con la aprobación del intendente Torcuato de Alvear, cremar el cadáver, cosa que se llevó a cabo en el predio central de la casa de aislamiento (Hospital Muñiz).
         La ordenanza del 7 de abril de 1886 dispuso la obligatoriedad de incinerar sin excepción todos los cadáveres, de los fallecidos a causa de epidemias y todos aquellos que así lo deseasen. A tal fin, existe una dependencia dentro del cementerio de la Chacarita (en el llamado Templo Crematorio en funciones desde 1903) que abunda en detalles técnicos sobre la flora putrefactiva.
         Su crudo verismo ha convencido a muchísimos de sus visitantes sobre los beneficios de la cremación, como nos contara Roberto Arlt.

Crematorio de la Chacarita en su inauguración.

OTROS CEMENTERIOS PORTEÑOS


         Además de la Recoleta, la Chacarita y los ya mencionados enterratorios subterráneos y cementerios disidentes, existieron en Buenos Aires otras necrópolis. En Flores se construyó un cementerio que albergó a los fundadores de ese barrio y al legendario payador Gabino Ezeiza.
         Belgrano no sólo tuvo su cementerio sobre la calle Monroe, sino que existió un primitivo enterratorio sobre las barrancas. Allí fue enterrado Marcos Sastre y posteriormente fue trasladado a la Recoleta.
         Cercano al Cementerio Sur, existió un pequeño cementerio que albergó a algunos ingleses víctimas de la fiebre amarilla. Estuvo emplazado cerca de Plaza España, actual Instituto Malbrán. (Fuente señor Jorge Alfonsín).
         Próximos a la iglesia del Socorro, sobre la actual Avenida 9 de Julio, enterraron a algunos soldados del general Hilario Lagos, fallecidos durante el sitio de Buenos Aires.
         Por último, en Liniers se encuentra el único cementerio israelita de la Capital Federal

LA FOTOGRAFIA DE CORTEJO Y SEPULTURA EN BUENOS AIRES


         Sabemos con certeza que la costumbre de fotografiar al cortejo cesó por completo en la Capital Federal cuando desapareció el coche fúnebre a caballos, treinta años atrás. Las últimas funerarias que utilizaran este servicio todavía contaban con un fotógrafo para cubrir los sepelios hacia 1970, aunque las fotos ya se hacían únicamente a pedido de los deudos.
         Al parecer, en todos las épocas cada funeraria tenía su fotógrafo y con él trabajaba regularmente, aunque no mediaba relación de dependencia ni contrato alguno.


Cortejo Fúnebre
         Las funerarias no tenían un servicio especial con fotos incluídas: las fotos formaban parte del servicio de un modo suplementario, agregado, y los deudos las compraban o no según quisieran. Cada servicio fúnebre era publicitado en los diarios‑hablamos de los años 30/40‑y el fotógrafo concurría directamente al velatorio. Tomaba fotos de las coronas y del féretro cerrado (aunque no había restricciones que impidieran su trabajo, tenía especial cuidado en no fotografiar el ataúd descubierto, excepto que los deudos pidieran expresamente una imagen del difunto, algo más que excepcional para entonces). Luego, registraba el momento en que el ataúd era sacado de la casa ‑momento importante, ya que recordaba el abandono definitivo del hogar‑y, si los deudos querían, hacía una foto a cada grupo de parientes sosteniendo el féretro: hijos, hermanos, nietos. Después se fotografiaba el acompañamiento propiamente dicho por las calles de la ciudad y la entrada al cementerio, En rigor, eran secuencias rutinarias que tendían a la confección de un álbum recordatorio cuya último foto era la lápida sepulcral. El fotógrafo hacía su negocio independientemente de la funeraria y el mecanismo de venta no era diferente al de las fiestas y casamientos, donde cada uno de los concurrentes compraba los fotos que más le interesaban.



         Los clientes más firmes para los fotos de cortejo y sepultura eran las familias de inmigrantes. Siempre había algún pariente en Europa al que había que enviar el recordatorio. Si su parentesco con el difunto era muy cercano mandaban hacer una corona con su nombre y ordenaban una foto donde se lo viera en lugar destacado, para dar testimonio de que la familia se había ocupado de no dejarlo ausente durante la última despedida. Vale agregar anecdóticamente que esta costumbre originaba situaciones graciosas: competencia entre los parientes por la dimensión y ornato de las coronas, por ejemplo, o discusiones para lograr una bueno ubicación de la propia corona cuando tomaban la foto del conjunto.

         La fotografía del difunto era un recordatorio de la muerte en sentido estricto, en tanto que la fotografía de cortejo y sepultura era un recordatorio del acontecimiento social que originaba la muerte. Esta diferencia, que a nuestro juicio es muy importante, sugiere la hipótesis de que la fotografía de cortejo y sepultura suplantó a la foto del difunto como última concesión que la cultura otorgaba al recuerdo fotográfico ‑el más 'verdadero' y 'real' de la muerte
         Hoy la foto de cortejo y sepultura también se abandonó porque cualquier recordatorio fotográfico de la muerte, así sea de sus consecuencias más inocuas, como la reunión familiar, está interdicto. No tenemos más que pensar en la posibilidad de que algún familiar o amigo saque una cámara fotográfica y se apreste a tomar fotos en el velorio de un ser querido próximo nuestra madre, o hijo, o hermano con el sólo propósito de tener un recuerdo, para darnos una idea de lo extraño, disparatado y agresivo que nos resultaría. Ni qué hablar si pretende fotografiar al difunto por la misma razón.

         La presencia de una cámara fotográfica en las ceremonias fúnebres nos resulta inadmisible excepto que la justifique y legalice una razón períodística. Si el muerto, o las circunstancias de la muerte. son 'nota', la foto no nos perturba. Sin esa razón o cualquier otra que no sea el recordatorio la fotografía, en cambio, nos resulta simplemente morbosa y aberrante.


[1] Léase el artículo de Jimena Sáenz “El peor de los Alzaga”, en Todo es Historia N° 56, diciembre de 1971.
[2] La Porteña, conducida por el inge­niero Alban, trasladaba los féretros con las víctimas de la epidemia. El ingeniero murió en ejercicio de sus funciones.

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Notas del Museo Funerario