domingo, 16 de octubre de 2011

Incesto de Piedra

Por: Omar Lopez Mato


“Francia fue un largo despotismo atemperado por epigramas”,
Thomas Carlyle.
(La Revolución francesa)


Girolamo Della Robbia
Las monarquías europeas adquirieron la costumbre de enterrar a sus reyes, príncipes, princesas y demás miembros de las familias reales bajo un mismo techo.


De esa forma aunaban sus antiguas glorias. Los españoles lo hicieron en el Escorial, los austriacos en la Iglesia de los Capuchinos de Viena, los zares rusos en Petropavlosk y los ingleses en Westminster Abbey [1].

En Francia todos los reyes han sido enterrados en Saint Denis, con excepción de tres de ellos. A diferencia de sus colegas ingleses, que no sólo morían en Westminster, sino que además eran coronados en el lugar y vivían en su vecindad, los franceses rara vez iban a Saint Denis, y cuando lo hacían era para no volver, tal vez porque semejante acumulo de ancestros muertos les recordaba la finitud de la vida y el irremediable final que a todos nos espera.
Cuentan que Luis XIV se instaló en Versailles porque desde Saint Germain todavía podía divisar las torres del lugar donde irían a dar sus huesos. Entre los arcos y vitreaux de esta basílica se atesoraron algunos de los monumentos mortuorios más bellos de la historia de la Humanidad. En ellos se puede seguir la evolución de los criterios estéticos en el arte funerario, desde el “gisant”, imagen yaciente del monarca resignada a su suerte, hasta “el Rey genuflexo” ante Dios, entregado a su destino, como un vasallo rindiendo tributo a su Señor.

[1] Los ingleses para no ser menos que los franceses dicen que Westminster Abbey también tiene un origen milagroso. Según ellos el mismo San Pedro bajó de los cielos para consagrar este templo.

Una forma peculiar de estas representaciones de los muertos es la llamada ‘in transit’, el tránsito de la persona hacia su destino final, donde las estatuas reflejan signos evidentes de putrefacción, tal como se ve en la inusual obra de Germain Pilón. En esta obra se los puede apreciar a Henri II y Catalina de Médicis después de que sus cuerpos fueran eviscerados. El mismo artista representó a María de Médicis en franco estado de descomposición, espectáculo un tanto chocante, aunque sublime en su elaboración. Esta particular forma de esculpir los cuerpos de los soberanos en su camino para presentarse ante el Creador, no inspiró descendencia artística. 

Saint Denis, esa majestuosa iglesia gótica, tal como la conocemos, se concretó gracias al perseverante esfuerzo del abate Suger, quien dedicó su vida al proyecto de construir un templo que reflejara las grandezas de los monarcas franceses. Suger, amigo de infancia del rey Luis VI, logró conciliar los favores de éste y después de Luis VI y Luis VII, para convertir a esa abadía en la necrópolis real. Este monje benedictino, comenzó a reconstruir la iglesia y a ornamentarla para la gloria de Dios, pero también para la de los reyes de Francia.
En el siglo II existía donde hoy se encuentra la basílica una villa galo-romana llamada Catolacus, lugar donde fue enterrado Denis (Dionisio) de París, Santo Patrono de Francia, en el año 250. Dionisio, el areopagita, era un ateniense convertido al cristianismo por San Pablo. El Papa Clemente I lo envió a predicar a la Galia. Con la ayuda de Rústico y Eleuterio elevó un templo para bautizar y enseñar la palabra de Cristo entre los franceses. Denunciado por su accionar catequista, fue torturado ante sus compañeros. 

Atado a una cama ardiente, clavado en una cruz, echado a las bestias hambrientas, su fe inquebrantable siempre lo salvaba de una muerte segura y un ejército de ángeles lo acompañaba durante su reclusión. Finalmente, los romanos, alarmados y confundidos por sus vanos intentos de asesinato, optaron por un método que creían infalible: Dionisio y sus seguidores fueron decapitados. Ni así pudieron con el Santo. Cuenta la tradición que este tomó su cabeza y caminó dos millas hasta el lugar donde actualmente se encuentra la basílica. Allí terminó su descabezado trayecto. Finalmente, fue enterrado junto a sus dos compañeros.
En Francia todos los reyes han sido enterrados en Saint Denis, con excepción de tres de ellos. A diferencia de sus colegas ingleses, que no sólo morían en Westminster, sino que además eran coronados en el lugar y vivían en su vecindad, los franceses rara vez iban a Saint Denis, y cuando lo hacían era para no volver, tal vez porque semejante acumulo de ancestros muertos les recordaba la finitud de la vida y el irremediable final que a todos nos espera.
Cuentan que Luis XIV se instaló en Versailles porque desde Saint Germain todavía podía divisar las torres del lugar donde irían a dar sus huesos. Entre los arcos y vitreaux de esta basílica se atesoraron algunos de los monumentos mortuorios más bellos de la historia de la Humanidad. En ellos se puede seguir la evolución de los criterios estéticos en el arte funerario, desde el “gisant”, imagen yaciente del monarca resignada a su suerte, hasta “el Rey genuflexo” ante Dios, entregado a su destino, como un vasallo rindiendo tributo a su Señor.

Sobre la tumba de San Dionisio, primer obispo de París, se construyó la primitiva capilla. En el siglo V, Santa Genoveva levantó allí una pequeña iglesia. En el año 1144 Dagoberto I descubrió milagrosamente el sepulcro de este santo varón, reconstruyó la vieja capilla del lugar y la convirtió en monasterio real.
Una leyenda narra la curación milagrosa de un leproso que sanó luego de presenciar la aparición de Cristo acompañado por los mártires enterrados en esta capilla. El leproso recibió la misión del Señor de comunicarles a los obispos que no hacía falta consagrar al templo, porque él ya lo había hecho. Mientras recibía estas instrucciones, su piel enferma se desprendió, curándose completamente (esta piel todavía se conserva). Dagoberto quedó convencido del milagro y fue el primer rey en pedir ser sepultado cerca de estos santos[2], costumbre que se extendió a partir de la gesta del abate Suger. Desde Dagoberto, los sucesores de Clovis y las tres estirpes que dirigieron sucesivamente el reino de los francos, enterraron allí a sus muertos. Carlos Martel, Pipino el Breve y Carlos el Calvo, descansan en este panteón real. A partir de entonces todos los reyes han competido con sus predecesores en lujos y riquezas para sus enterratorios. Sólo un rey exigió no ser inhumado en Saint Denis, ese fue Luis IX.

Por ninguna de las cabezas reales pasó la idea de que toda esta magnificencia y boato, concebida para poner en relieve la gloria eterna de la monarquía, vería bruscamente quebrada su paz. La Revolución Francesa pretendió poner fin a todo vestigio real y Saint Denis era la monarquía francesa. En 1793 la ciudad fue rebautizada "Franciade”, señal del rechazo revolucionario a la religión.     La necrópolis real fue destruida y saqueada. La justicia revolucionaria buscaba erradicar todo signo monárquico, borrar todo rastro aristocrático, todo resabio de que alguna vez alguien que no hubiera sido el pueblo pudiera haber gobernado sobre suelo francés. El 6 de octubre de 1793, se aprobó la moción del convencional Barriére, quien impulsaba la destrucción de los mausoleos de Saint Denis y la exhumación de los cadáveres de veinticinco reyes, diecisiete reinas, setenta príncipes y princesas para reubicarlos en tumbas menos ostentosas. Los cadáveres de estos reyes, divididos por lazos familiares fueron a parar a dos fosas comunes, una para los Valois y otra para los Borbones. El plomo de sus féretros se convirtió en balas para defender la Revolución.

Sólo la presencia de un funcionario pudo rescatar algunas de esas glorias de Francia, el inquieto Alexander Lenoir impidió con súplicas, consejos y amenazas que todo se destruyese. Así pudo llevar algunos de estos monumentos a su colección en Petit Agustins, el llamado Museo de Antigüedades Nacionales.
Sin embargo, en medio del desorden revolucionario, la memoria de los pueblos respetó sus mitos. Hubo solo un rey que no fue molestado por los revoltosos, Luis XII, el Rey Bueno.

Luego de la Revolución, Saint Denis sufrió distintas suertes y variados destinos. Fue hospital, escuela y hasta teatro. Durante la era napoleónica se la utilizó como colegio para la Legión de Honor. Bonaparte, que no se conformaba con poco, fantaseaba con la idea de convertirla en su propio enterratorio y así continuar con la tradición del regio esplendor funerario. 
 Con la restauración de la monarquía, Luis XVIII ordenó retirar las abejas imperiales introducidas por Napoleón y la basílica recuperó la clásica Flor de Lis. El 21 de enero de 1815, el monarca ordenó la exhumación de los cadáveres de su hermano y cuñada del cementerio de La Madeleine (donde mandó a construir un edificio en recuerdo de Luis XVI) para su definitivo traslado a Saint Denis. Junto a ellos fue sepultado su hijo, el nunca ungido Luis XVII, cuya accidentada historia relatamos en otro capítulo.

Después del susto de los Cien Días y desaparecida la amenaza napoleónica, Luis XVIII encomendó a François Debret la reubicación de todos los monarcas dispersos durante la revolución. Para cumplimentar esta tarea, debió enfrentarse a Alexandre Lenoir, cuyo esfuerzo y dedicación había salvado de la destrucción y extravío inexorable a miles de objetos de arte y restos óseos de personajes célebres. Sin embargo, ante la insistencia del rey, Lenoir no tuvo más remedio que devolver los tesoros de Francia que acumulaba en su colección. A partir de 1817, siguiendo las órdenes del monarca fueron retornando las tumbas, los monumentos y los huesos que quedaban de reyes tan antiguos como Clovis I monarca del siglo VI (en realidad Clovis I, como veremos, no está en Saint Denis). Otras iglesias debieron ceder sus reliquias, como los Jacobinos, los Celestinos de París y la Abadía de Hautes Bruyeres.

A pesar del entusiasmo de Debret, su falta de conocimientos históricos desencadenó un caos con ribetes tragicómicos. El Barón de Guilhermy ironizó estas imprecisiones calificándolos de “inmoralidades arqueológicas” o “incestos de piedra”, ya que por ignorancia algunos padres compartían el lecho mortuorio con sus hijas, a las que Debret en su falta de conocimientos genealógicos, tomaba por consortes. De haber incluido aquí las cientos de amantes reales a lo largo de 1000 años de historia, esta hubiese sido una orgía de mármol. Pero una basílica no es un buen lugar para que se reúnan amantes frente a legítimas esposas, aunque todas llevasen varios siglos de inactividad galante.

En 1846, después de 30 años de embrollos históricos, Debret fue reemplazado por Eugène Viollet le Duc y su asesor, el sarcástico Barón Guilhermy. Ese año se recuperaron los corazones y fragmentos óseos de María de Médicis, Enrique IV, Luis XIII, Luis XIV, y Luis XVIII. A su vez, un tal señor Richer le “vendió” a Saint Denis la osamenta de Pipino el Breve, de Felipe III, una mano de Luis XII, cabellos de Margarita de Provenza y el cráneo del abate Suger.

No terminó aquí la requisa de miembros principescos, ya que en 1896, fue hallada una caja en la Biblioteca del Louvre. La misma contenía varios huesos reales que manos leales habían salvado de su definitivo extravío. El osario incluía una escápula de Hugo Capeto, un fémur de Carlos V, una tibia de Carlos VI, una vértebra de Carlos VII, costillas de Felipe el Bueno y Luis XII, la mandíbula de Catalina de Médicis, y otros restos no identificables en este muestrario osteológico. Todas y cada una de estas piezas fueron a sus respectivas tumbas, o al menos eso es lo que Luis XVIII ordenó, porque por años siguieron apareciendo distintas partes de las regias anatomías dispersas por allí. Luis XVIII no sólo reacondicionó Saint Denis, sino que tuvo la plena convicción (efímera por cierto, pero de ilusiones vive el hombre) de que la monarquía se restablecería en Francia para siempre. Esta suposición lo condujo a dejar espacios libres donde acomodar futuros reyes, que por ahora persisten inhabitados. Él fue el último monarca en ser enterrado en Saint-Denis.

No sabemos si por ignorancia o por hacer gala de un curioso humor postrevolucionario, pero se incurrieron en algunas inexactitudes. Clovis I jamás fue enterrado en Saint Denis y descansa en la iglesia de Santa Genoveva. Sin embargo, Saint Denis cuenta con una tumba para él, sospechamos que vacía. También le hicieron un monumento a Juana de Arco, sin que los reyes hubieran tenido el gusto de contarla entre su real compañía post mortem, ya que poco quedó de la santa después de ser quemada en la hoguera, y sus cenizas arrojadas al Sena (aunque como verán no acaba aquí la historia de la pobre santa)
Para sumar asombro al desconcierto de los reyes que están pero no se encuentran, la estatua de Carlos V que todos admiran, se enseñorea impunemente sobre la tumba de San Luis (Luis IX) sin que nadie pueda explicar este insólito error.

Los encargados del proyecto, sumamente respetuosos de las costumbres cristianas, asignaron a cada rey su respectiva consorte de mármol, que no siempre coincidió con la que había sido de carne y hueso, convirtiendo a la abadía en este frío intercambio de pareja que tan socarronamente señalara el barón de Guilhermy

Treinta años después de iniciadas, las obras continuaban, así como los escándalos sobre los gastos, el dudoso criterio utilizado y los bochornosos errores históricos. A Luis XV le asignaron una tumba construida con los desechos del viejo monumento a la duquesa de Jojeuse y la condesa de Brissac, que cedieron, sin el pertinente permiso, sus lechos mortuorios a un monarca que ni siquiera habían conocido en vida. De todas maneras, un obstinado silencio sepulcral consintió esta transferencia.

A pesar de tantos errores y desprolijidades, Saint Denis fue y sigue siendo hoy día un monumento sublime a las glorias de Francia y su monarquía.

[2] En realidad aquí ya estaba enterrada la Reina Aregonda desde mediados del siglo VI. Aunque hoy se ve el monumento mortuorio en honor a los reyes Merovingios, sus tumbas están vacías, perdidos sus restos durante la Revolución.

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Notas del Museo Funerario