lunes, 10 de octubre de 2011

Ines de Castro (1329-1367)


Por: Omar Lopez Mato


“Solamente la muerte de la desgraciada Inés pudo romper la cadena
qué mantenía a Don Pedro cautivo de su belleza”,
Luis Camoens.
“El hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos”,
Pitágoras.
Sepulcro de Inés de Castro
Inés de Castro fue coronada Reina de Portugal en el año 1360.
A lo largo de toda la fastuosa ceremonia mantuvo su habitual parsimonia. Ni un músculo se movió cuando la ansiada corona se posó sobre su cabeza. Ni un gesto articuló mientras sus súbditos se arrodillaban a sus pies y le rendían los debidos respetos, besando sus frías manos. Ningún sentimiento dejó trasuntar sus ojos serenos, distantes y sin luz. Imperturbable presenció todo el acto de su coronación por el que había esperado tanto tiempo. Inés de Castro fue coronada reina de Portugal después de cinco años de estar muerta.
Inés Pires de Castro fue la amante de su primo, el infante don Pedro de Portugal, por quince largos años. Pasión irrefrenable de sublime pureza que encendió hermosos poemas y canciones honrando este amor, el mismo que las intrigas palaciegas mantuvieron ilegítimo.
Alfonso IV había elegido como consorte de su hijo Pedro, a doña Constanza Peñafiel de Castilla, para sembrar alianzas con sus siempre beligerantes vecinos. Don Pedro, obedeciendo los designios paternos, se vio obligado a desposarse con la infanta castellana. Entre el séquito que acompañaba a doña Constanza, llegó a tierra lusitana, doña Inés de Castro, prima de Pedro. Su belleza encendió el fuego de la pasión en el príncipe. A pesar del parentesco, unieron sus destinos, ignorando los peligros que entrañaba esta decisión.
Cuando Constanza muere en 1348 al dar luz a su hijo Fernando, don Pedro exige, demanda, ordena dar legitimidad a su relación con doña Inés.
Sin embargo, aunque era lo que más deseaba y a pesar de su condición de futuro rey, el derecho canónigo hacía imposible el matrimonio entre primos. No hubo forma de salvar este escollo, pero al menos Inés pudo salir de su exilio de la corte y convivir con su amado en Coimbra. De esta relación nacieron cuatro hijos. Por un lado, esta línea bastarda amenazaba la descendencia legítima. Por otro, los hermanos de Inés, mediante estos cuatro sobrinos, fortalecían e incrementaban sus poderes y ambiciones dinásticas, por la que ganaban enemigos, día a día, en la recelosa corte portuguesa.
Con la muerte de Constanza, don Pedro reclamó el trono de Castilla para sí, su padre, el rey Alfonso, intentó evitar otro enfrentamiento con sus poderosos e influyentes vecinos de la familia Castro. Varios cortesanos enemigos de Inés y sus hermanos, persuadieron al rey de que era preciso disminuir las pretensiones de aquella encumbrada casa, temida por Castilla y Portugal, antes de que Inés subiera al trono de la mano del enamorado don Pedro. Advertido sobre los peligros que doña Inés y sus hijos entrañaba para las aspiraciones de su nieto Fernando, hijo de Constanza, y la unidad del reino, tras arduas cavilaciones, Alfonso IV decidió poner fin a sus vidas para así evitar el conflicto. El mismo rey intentó concretar el crimen, pero las súplicas de Inés y el llanto de sus propios nietos, le hizo temblar las manos y alejarse del castillo de Coimbra. Se fue… pero el asunto era cuestión de estado y no de familia, por lo que encomendó el asesinato a tres de sus esbirros, Gonzálvez, Coelho y López Pacheco, quienes ejecutaron la orden real sin que Alfonso viese el frío acero atravesar el corazón de la bella Inés. Dice la leyenda que Inés murió en Coimbra, cerca de la que hoy llaman la Fuente de las Lágrimas, cuando contaba 35 años
Su cuerpo fue depositado en Alcobaça en una hermosa tumba de mármol blanco, con una efigie coronada por ángeles.
Don Pedro, enloquecido por la pérdida, juró venganza y con la ayuda de los hermanos de Inés desató un feroz enfrentamiento. Doña Inés no sólo era amada por Pedro, el pueblo portugués también la quería y sentía profunda simpatía por Pedro. Por eso, cuando éste se alza contra su padre, cuenta con el apoyo popular y se inicia una guerra civil. La reina Beatriz, madre de Pedro, concilió una tensa paz. Sólo debía esperar la muerte de Alfonso que no tardó en llegar. Coronado rey, don Pedro hizo traer a los asesinos de Inés y los ejecutó con calculada frialdad, arrancándoles el corazón como ellos habían arrancado el suyo al matar a su amada. Desde entonces Pedro fue llamado el Cruel. Otros lo llamaron el Justiciero.
Ya en el trono, Pedro quería que sus hijos con Inés fueran sus herederos. Pero la Iglesia no podía aceptar un bastardo en la línea sucesoria y menos aún, uno incestuoso. Ninguna oposición era suficiente para frenar los deseos de consagrar su amor por Inés y asegurarle el trono a su descendencia. Don Pedro, entonces, reveló la boda secreta que había realizado con Inés bajo licencia papal en 1357, después de la muerte de su esposa legítima, Constanza. De esta bendición, no quedó documento alguno que lo probara, nunca se encontró un papel que lo confirmara ni escrito que aclarara los derechos que adquirían la nueva esposa y sus hijos. Además, las fechas en las que se produjo el enlace eran tan inciertas, que generó dudas y habladurías. Esta supuesta mentira fue la llamada “declaración de Algarve”. Nadie sabrá si fue verdad o no, pero ninguno de sus súbditos deseaba interponerse a la voluntad de monarca tan vengativo.
Faltaba un último detalle para que sus hijos pudieran heredarlo 1) , Inés debía ser ungida reina. Entonces don Pedro y doña Inés ganaron un lugar en la historia y en los versos. Cuentan que el Rey mandó a exhumar el cadáver de Inés, la sentó en el trono, la hizo coronar y obligó a los grandes señores de Portugal a que le prestaran los honores debidos a una reina. Antonio Ferreira escribió la primera tragedia en portugués “Castro” y Luis de Camoens relató este amor más allá de la muerte y la cordura en su “Lusíadas”.
¿Fue real la coronación de sus restos o sólo la perpetuación de una leyenda? El registro histórico más fehaciente que existe fue escrito por Fernão López, 60 años después de la muerte de Inés. Según el relato, durante el traslado de sus restos, desde Santa Clara de Coimbra hasta el monasterio de Alcobaça, miles de caballeros y nobles lusitanos alumbraron con antorchas su viaje final. Allí la esperaba una hermosa escultura yacente con una corona sobre su frente de mármol, quizás la obra de arte más exquisita que había conocido Portugal hasta entonces 2). De esta forma, convirtió a su amada en la reina más recordada de la historia de esa nación.
Algunos historiadores suponen que el origen de esta leyenda puede verse en la costumbre que tenían los portugueses de besar la mano del cadáver de los reyes antes de ser estos enterrados.
En frente de la tumba de Doña Inés, don Pedro construyó otro hermoso sarcófago que pasó a habitar cuando llegó su tiempo 3) . De esta forma, el día de la Resurrección de los cuerpos que promete el Redentor, cuando don Pedro se incorpore, lo primero que verá al abrir sus ojos, será el hermoso rostro de su amada Inés.
1) A pesar del empeño de Pedro por legitimar esos hijos bastardos, ninguno ascendió directamente al trono; pero por medio de convenientes nupcias contrajeron alianzas con todas las familias reinantes en Europa.
2) Esta obra tampoco fue respetada por los franceses y el general Tunot se robó algunos cabellos de la reina Inés.
3) El heredero del trono de Portugal fue Fernando, hijo de Pedro y Constanza. Le siguió João I, otro hijo de Don Pedro con Teresa Lorenzo (su mujer después de la muerte de Inés). Pero un descendiente de Inés al final llegó al trono, su nieta casada con João I.
Por:  Omar Lopez Mato

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