miércoles, 12 de octubre de 2011

Morir en Buenos Aires - Entierros, velatorios y cementerios en la vieja ciudad

Por: Omar Lopez Mato



John Steinbeck decía que una persona pudo haber vivido una vida dorada o una vida deslucida, con afectos o desencuentros, pero al morir se convierte en el centro de una de las manifestaciones más complejas de la sociedad: los ritos funerarios, reflejos de los hábitos y costumbres de un pueblo o una época. Nuestra ciudad nació y creció entre muertos que se enterraron y descansaron por siglos en lugares insospechados para nuestras mentes del siglo XXI.

El 11 de junio de 1580, al fijar don Juan de Garay la cruz de madera donde debía levantarse la iglesia mayor de la nueva ciudad, con la presencia de los dos únicos sacerdotes que lo acompañaron, fray Juan de Rivadeneira y Antonio Díaz Picón, indicaba de alguna forma, dónde dejarían sus huesos los fieles cristianos que tuviesen la peregrina idea de morirse en esta mísera aldea. Allí se enterraron los primeros habitantes de esta Santísima Trinidad y su puerto de Santa María de los Buenos Aires, y luego se enterrarían por casi dos siglos dentro de las iglesias que lentamente poblaron la ciudad. Todavía esos templos albergan a algunos grandes señores honrados con la proximidad al altar que su prosapia y prodigiosas acciones les permitieron merecer. Uno de los más antiguos habitantes porteños que se conserva en la Catedral, fue nuestro primer obispo, fray Pedro de Carranza, fallecido hacia 1630.


Descanso eterno en las Iglesias

         En la iglesia San Juan Bautista descansan los restos de don Pedro Melo de Portugal y Villena, quinto virrey del Plata, muerto en Montevideo hacia 1797 y trasladado a este reposo eterno por expresa voluntad. Además, bajo el coro de esta iglesia existe una cripta que albergó los cuerpos de doscientas setenta monjas clarisas.

         En la iglesia de San Francisco y su respectiva capilla de San Roque funcionaron hasta 1882 sendos enterratorios. A la entrada del templo están los restos de fray Luis Bolaños, misionero del litoral; también de los frailes Gabriel y Juan Arregui, hermanos y obispos franciscanos, promotores de la construcción de este templo y fray Argañaraz. Bajo el altar funcionó una cripta a la que se accede por el desplazamiento de una placa de mármol. Allí todavía reposa el doctor Mariano Acosta ‑gobernador de Buenos Aires y vicepresidente de Nicolás Avellaneda entre 1874 y 1880 junto a su esposa María Remedios de Oromi Escalada, sobrina de la esposa del general San Martín.

         Una placa recuerda a la esposa del Virrey del Pino ‑la llamada “Virreina vieja”, suegra de Bernardino Rivadavia. Se conserva además el hermoso ataúd que albergara a Fray Luis Bolaños, traído de España por el capitán Maldonado. El camposanto que perteneció a esta iglesia se encontraba a sus espaldas, donde estaba el pasaje 5 de Julio, hoy también desaparecido. Todo a escasos metros de la actual Casa Rosada.

         En Santo Domingo descansa en altar propio don Juan Antonio Lezica y Osamiz, acaudalado comerciante que colaboró con su primo Juan José de Lezica y Torrezuri, en la construcción de este templo (don Juan José tuvo menos suerte, ya que murió y fue enterrado en Luján, donde habría sido confinado por razones políticas: “No me voy, que me lleven”, dijo irónicamente al ser conducido a su reclusión). También dentro del templo están los restos de los padres del general Belgrano, por las generosas contribuciones con las que habían favorecido esa iglesia. También debería estar aquí don Martín de Alzaga, por mérito y piadosa caridad, empañada a último momento por su ejecución en la Plaza de Mayo, circunstancia que le impidió ser sepultado en el templo por el que tanto había hecho (sin embargo, paradójicamente, una placa lo recuerda al lado del general Zapiola, de conocida militancia masónica). Los restos de Alzaga fueron hallados en el patio de la iglesia de San Miguel y trasladados a la bóveda familiar en la Recoleta para reencontrarse con su esposa e hijas, que no volvieron a salir de su hogar después del ajusticiamiento de su padre hasta que la muerte las condujo a esa cripta ([1]). El general Antonio González Balcarce, vencedor de Suipacha, yace en este templo, al igual que el general Hilarión de la Quintana, tío de Remedios Escalada. El último en ser aquí enterrado fue José Nevares Trespalacios, hijo de Alejo Nevares, ambos celosos defensores de la fe de sus mayores.

         Es en la iglesia del Pilar, donde Martín Altolaguirre ocupa un lugar de privilegio, custodiado por las reliquias de tantos santos asegurándose un espacio en los cielos, al igual que su hermano, fray Francisco, enterrado bajo el Altar Mayor. Una placa bajo el altar de la virgen del Carmen dice que la “Virreina Vieja” se encuentra aquí enterrada. En realidad su cuerpo momificado se conservó en la cripta de San Francisco, hasta el incendio del templo en 1955; después fue trasladado a su presente emplazamiento. Con menor prosapia, pero más próximos a nuestra historia, están enterrados aquí el doctor Miguel O'Gorman (fundador del Protomedicato y tío abuelo de Camila), el tío de Bernardino Rivadavia y el primero de los Yrigoyen, además de la madre del general Juan Lavalle, casi a la entrada de la Basílica.

En la Catedral

         La Catedral alberga no sólo a José de San Martín, Gregorio Las Heras y Tomás Guido, sino al combativo monseñor Federico Aneiros ‑bajo una hermosa escultura de Víctor de Pol‑ y al cardenal Antonio Quarracino, que pidió ser enterrado allí con sus padres. Además se encuentran otros obispos de esta ciudad, como Fermín Lafitte, Mariano Espinosa, José María Bottaro y el cardenal Antonio Caggiano.

         En su cripta descansa don Domingo Basavilbaso, síndico de la Catedral, distinguido caballero de destacados servicios al frente del primitivo correo colonial, que le valió en vida la consideración del mismísimo Rey de España, y más allá de las mundanas vanidades, el indiscutible honor de merecer un reposo eterno en este lugar de privilegio. Su esposa está enterrada muy cerca de José de San Martín.

Otros lugares

         Pero no todos ostentaban los méritos y blasones de estos señores. La gente moría por los ataques imprevistos de indios y piratas, por hambrunas y pestes. Cuando estas últimas asolaban a la población, se acostumbraba hacer una fosa común lo más lejana posible para ahuyentar los malos aires, arrastrando al occiso envuelto en humilde mortaja, atada a la cola de un caballo. Pronto las iglesias agotaron sus espacios y se hizo necesario enterrar en las vecindades benditas, que se llamaron Campo Santo. Aquí también la cercanía era una condición de honor y los mismos muros se convirtieron en distinguidos sepulcros como aún hoy se ven en la iglesia del Pilar.

         Una vez cumplido el trámite del velatorio (para descartar inesperados retornos del más allá), el fallecido era amortajado con un sayal de la orden a la que pertenecía. Estos sayales decían tener mayor capacidad redentora en la medida que hubiesen pertenecido por más tiempo a sacerdotes de renombrada santidad. Juan José Paso, Encarnación Ezcurra, Agustina López Osorno de Ortíz de Rosas y hasta don Hipólito Yrigoyen, fueron enterrados siguiendo esta costumbre.

         Una vez trasladado el ataúd a pulso hasta la iglesia, acompañado por los deudos y el tañido de las campanas, se oficiaba primero una misa de difuntos, para ser conducido finalmente hasta una fosa cavada bajo el piso del templo. Vuelta la baldosa a su lugar, sólo se señalaba ese sitio en circunstancias muy especiales. Pero las familias reconocían el lugar y generalmente allí se ubicaban cuando asistían a los servicios religiosos. Los entierros en campo santo eran menos espectaculares, ya que estos lugares eran reservados para personajes de menor abolengo.

         Esta costumbre de enterrar en las iglesias tendría sus días contados, cuando llegaron al gobierno de la provincia de Buenos Aires Martín Rodríguez y su ideólogo, Bernardino Rivadavia. Aunque en 1803 ya se había prohibido sepultar en los templos por los peligros que eso implicaba para la salud (más los aromas irrespirables durante el verano), la medida fue resistida por la población que continuó sepultando en las iglesias, a falta de otro lugar más adecuado.

         Desde 1787, la Real Hermandad de San José y Animas del Campo Santo, se encargaba de ofrecer cristiana sepultura a todos aquellos que no podían afrontar los gastos del entierro, y oficiaban el rito en un terreno vecino a la Parroquia de San Pedro González Telmo (ubicado sobre la actual Humberto 1° y Defensa).

Esclavos y disidentes

         El asunto de la muerte se complicaba en el caso de los esclavos, que cuando fallecían eran abandonados en algún “hueco” o espacio para ser devorados por los cientos de perros cimarrones que vagaban por la ciudad. O con las guerras, como en tiempos de las Invasiones Inglesas, que obligaron a utilizar el patio del Convento de las Clarisas (Alsina 824), donde fueron enterrados los héroes patricios de esas jornadas.

         Otro problema eran los impíos protestantes, enterrados precariamente a orillas del río, en los bajos del Retiro. Esta situación se subsanó hacia 1820, cuando la poderosa colectividad inglesa obtuvo el permiso para emplazar un cementerio a espaldas de la Iglesia del Socorro, comprado a la viuda de Benito Zelada, donde estuvieron enterradas la esposa del diplomático Woodbine Parish y la hija de Guillermo Brown, Elizabeth, junto a su prometido, el oficial Francis Drumond, muerto en la batalla de Monte Santiago en brazos del Almirante. Años después, pediría que a su muerte sus restos fuesen sepultados junto a los de su adorada hija (víctima de un suicidio romántico), como se puede ver actualmente en el cementerio de la Recoleta, donde una caja de madera se esconde tras el bronce de los cañones que atesoran los restos de Brown. No pasó lo mismo con su esposa, Elizabeth Chitty de Brown, que actualmente yace en el lugar que ocupara el segundo cementerio de disidentes, en la plaza Primero de Mayo, ubicada en Pasco y Alsina, donde también dicen que quedó el abuelo inglés de Carlos Pellegrini, el ingeniero Bevans.

         Finalmente, los ingleses, estadounidenses y alemanes intercambiaron estos lotes por tierras vecinas a la Chacarita y aunaron sus fuerzas para honrar a sus muertos, cosa que las guerras mundiales consiguieron nuevamente dividir en los actuales cementerios Británico y Alemán, separados por una ligustrina.

El Cementerio del Norte

         El 13 de diciembre de 1821, Martín Rodríguez y Bernardino Rivadavia refrendan el decreto 109 que obligaba a “Todos los cadáveres a ser conducidos y sepultados en el cementerio que se llamará de Miserere”. Pero como no se disponía del dinero para refaccionar este enterratorio (lugar que hoy ocupa “Nuestra Señora de Balvanera”), se optó por decomisar el huerto que poseían los padres recoletos, vecino a la Iglesia del Pilar. Así se creó el cementerio del Norte, por un artículo del 8 de julio de 1822, siendo nombrado capellán el padre Juan Antonio Acevedo, que ya ejercía esa función en el humilde cementerio de los betlemitas.

         Las primeros habitantes de este nuevo campo santo fueron “el liberto Juan Benito y María de los Dolores Maciel, niña de Uruguay”, al decir de Jorge Luis Borges, que le dio un origen oriental, aunque el folio I señale a la joven como natural de esta ciudad (una versión menos poética dice que el primero en ser enterrado fue Gregorio Real y Díaz Vélez, muerto de tisis, según el diario de Juan Manuel Beruti, aunque la gente prefiera siempre un curioso desliz literario a una certera realidad). Mariano Zabaleta otorgó a este huerto su bendición. Esta secularización no fue por todos mansamente recibida y mereció las punzantes críticas de fray Cayetano Rodríguez y de fray Castañeda, que terminaron con el exilio de este belicoso sacerdote al fuerte San Martín, en tierras de don Francisco de Ramos Mejía, donde no cesó con su activa búsqueda de herejías. Pero esa es otra historia .

La Recoleta

         El humilde huerto se pobló de cruces y de túmulos, a lo largo de los caminos diseñados por el ingeniero francés Próspero Catelin, asistido por el misterioso Pierre Benoit, el nunca ungido Luis XVII de Francia, según la chismografía local. Ambos diseñaron el frontispicio de nuestra Catedral. Benoit fue por mucho tiempo jefe del Departamento de Topografía, al que no podía asistir por enfermedad. Don Juan Manuel de Rosas jamás lo molestó, “Dejen tranquilo al francés” solía decir. Murió misteriosamente después de la visita de un compatriota.

         Por años nuestro cementerio creció descuidado y anárquico, como la nación, mereciendo algunas construcciones de más envergadura en las que algunas familias enterraban a sus deudos, como los Bustillo (los primeros en erigir una bóveda), los Anchorena y la de Ignacio Pequeño, que persisten hasta la fecha.

         Más hacia el fondo (sobre lo que hoy es la calle Azcuénaga), en una fosa común, se enterraban a los muertos apilados de a cuatro, sin más ceremonia que unas paladas de cal y tierra.

         En 1825 la ciudad fue testigo de un evento muy particular, quizás sólo comparable al traslado del cementerio “Des Innocents” a las catacumbas parisinas (“El imperio de la Muerte”, como reza a su entrada). Por orden de las autoridades nativas, deseosas de limpiar la ciudad de dispersos cadáveres, se obligó a trasladar masivamente a los quietos pobladores de iglesias y campos santos hacia el Cementerio del Norte, oportunidad en que los habitantes de Buenos Aires pudieron ofrecer un impensado último adiós a sus seres queridos (así es que el doctor Cosme Argerich llegó al lugar que ocupa hoy en la Recoleta).

         Periódicamente, existían amenazas de clausura para evitar el desorden en el que crecía la nueva necrópolis, mientras se iba poblando de nuevos ciudadanos meritorios y otros menos plausibles. Aquí, don Juan Manuel de Rosas enterró al coronel Manuel Dorrego un año después de su muerte y reservó un espacio para aquellos habitantes distinguidos ‑a criterio del Restaurador‑ por sus tareas cívicas: Pedriel, Estomba, De la Peña, Deán Funes, Marcos Balcarce y Cornelio Saavedra, accedieron a ese Olimpo patricio casi en el corazón de la Recoleta, en el “Panteón de los Ciudadanos Meritorios”. Mientras tanto, a la entrada se erigió el primero de los muchos monumentos funerarios que adornarían estas bóvedas, la que el Antonio Demarchi encargara a su amigo Tartarini en honor a su suegro, el general Quiroga. Así nació “La Dolorosa”, que no es una virgen, sino la imagen transida de dolor de María Fernández, esposa de Facundo, imagen reproducida sobre los techos de las tumbas que alternan con arcángeles y cruces los cielos del cementerio.

         En los primeros tiempos, el arte funerario era más sobrio y ascético que el que impondría la burguesía adinerada de fines del siglo XIX. Sólo copones, túmulos y placas de mármol con laudatorias referencias hacia los allí enterrados‑como los doctores Fonseca y Medina‑ o en el caso del comerciante Francisco Alvarez, que en su tumba acusa a sus desleales “amigos” asesinos. Los excesos de la Mazorca, las guerras civiles, las eternas pestes y el retorno con gloria de los unitarios muertos en el exilio, terminaron por completar los espacios disponibles que vieron desbordada su capacidad durante la epidemia de fiebre amarilla. Atiborrada la Recoleta y el cementerio del Sur, se dispuso la creación del Cementerio del Oeste en la Chacarita de los Colegiales hacia 1871, en las antiguas tierras de los jesuitas, entonces en manos del Colegio Nacional Buenos Aires, que usaba esas dependencias para esparcimiento de sus estudiantes, como relatara Miguel Cané en Juvenilia. Era un bucólico espacio donde pastaban las vacas entre sepulcros y cruces. La primera persona en ser enterrada aquí fue el albañil Manuel Rodríguez, muerto justamente durante la epidemia.

Carroza Fúnebre en la puerta del Cementerio de la Recoleta



Transportando muertos

         Los adelantos permitieron el traslado hacia esas lejanas comarcas a través de la legendaria “Porteña” ([2]), que en épocas de crisis servía de “tren fúnebre”, como se le dio en llamar, reemplazando al carro fúnebre prestado por la policía, según el famoso decreto 109 de 1822, que establecía gratuidad en caso de pobreza de solemnidad y más adornos y lujos, según crecientes tarifas.
         El primero en gozar de este privilegio en 1822 fue Augusto Rodney, ministro plenipotenciario estadounidense, sobrino de uno de los firmantes del acta de Independencia americana, sorpresivamente fallecido durante su visita a Buenos Aires y enterrado con pompa en el primer cementerio protestante.
         Existió a su vez otro carro extraño, pintado de blanco, con cortinas celestes, conducido por un joven vestido de colorado con sombrero coronado por un penacho blanco, reservado para los entierros de niños, que se dio en llamar el “Carro de los Angelitos”.

         Las familias competían en mostrar desmedido dolor y respeto por el difunto, alquilando carros en proporciones exageradas, lo que llevó al gobernador Juan José Viamonte a legislar, en octubre de 1829, un decreto limitando el número de vehículos, ya que este afán de ostentación había llevado a la ruina a más de una familia de pocos recursos, pero con grandes aspiraciones.

         En 1888 se hizo cargo de este lúgubre transporte la compañía de Tranvías Federico Lacroze, con seis servicios diarios que partían de Corrientes y Medrano.
         Hacia 1863 surgió un nuevo enfrentamiento entre las masónicas autoridades y la Iglesia, que hasta el momento se había negado a permitir descansar en campo santo a todos aquellos que se opusieron a sus creencias, llegando al punto de desenterrar o negar sepultura al ex presidente Santiago Derqui, excomulgado por el obispo de Córdoba, monseñor Benito Lascano. Ese año murió Blas Agüero, conocido francmasón y ateo (que no son la misma cosa, como simplistamente veían sus opositores), amigo personal del general Bartolomé Mitre. Monseñor Aneiros le negó cristiana sepultura, a lo que Mitre se opuso y ordenó su entierro en la Recoleta. Monseñor Aneiros quitó entonces la bendición al cementerio, circunstancia que persiste a la fecha. Esto permitió un espacio de libre expresión al ideario masónico a través de oscura simbología que pasa inadvertida para el no iniciado, aun desde el mismo pórtico del cementerio.

         Domingo F. Sarmiento sancionó en octubre de 1868 un reglamento, intentando ordenar un tanto la desorganizada necrópolis. De esta manera, ponía en práctica alguna de las ideas que había estudiado durante su estadía en Europa. Copiando el orden germano de sus “Totenhaus” ‑casas de muertos‑ ordenó que ningún cadáver podía ser enterrado antes de transcurridas treinta horas, permaneciendo con la tapa sin clavar y con un cordel atado a un dedo del difunto con una campanilla, para el caso de que éste decidiese retornar al mundo de los vivos.

         Igualmente el cementerio crecía en anarquía, hasta que el activo Torcuato de Alvear, el primer intendente de Buenos Aires, decidió reorganizarlo bajo la dirección de su dilecto colaborador, el arquitecto Juan A. Buschiazzo, imprimiendo al lugar el aspecto que hoy conocemos, convertido en Panteón de la Patria, con algo de museo fúnebre como Pére Lachaise en París y Staglieno en Génova.

         En nuestras tierras se acudía a tributar un último adiós a los que partían, con profusión de trajes negros, luto riguroso (que se mantenía por meses), muchos llantos (aun a expensas de contratadas lloronas), largos y algunos memorables discursos, con más de un orador cuando la importancia del difunto así lo requería.

         Estas ceremonias estaban reservadas solamente a los hombres. Las mujeres sufrían en su hogar, no en público.
         Las visitas al cementerio eran obligadas y las familias se paseaban por sus corredores no sólo para rendir respetos al ido, sino con inconfesables vanidades y ostentaciones mundanas. Las vecindades del cementerio se poblaron con marmolerías, broncerías, constructores y floristas en las mismas cuadras que hoy ocupan elegantes restaurantes y lugares para noctámbulos. Esta característica frívola, que tanto asombra a los turistas, tiene su origen en las Romerías del Pilar, festejos en honor a la virgen de Zaragoza, que se llevaban a cabo todos los 12 de octubre en las cercanías del cementerio, hasta bien entrado el siglo XX.

El arte en la Recoleta

         El crecimiento económico permitió a la acomodada burguesía copiar lujosos detalles aprendidos durante sus prolongadas temporadas europeas, materializadas en el magnífico Cristo de Monteverdi (donado por una dama que prefirió el anonimato), las bóvedas de los Ortiz Basualdo ‑réplica de la bóveda Montanari en Staglieno‑, los monumentos a los generales Campos o el magnífico sepulcro de José C. Paz, obra del escultor francés Jules Félix Coutan.

         Pero los artistas no fueron solamente europeos. Todos los notables escultores argentinos conocidos ‑y algunos ignotos nos legaron sus obras de bronce y mármol: Lola Mora, Lucio Correa Morales, Luis Perlotti, José Fioravanti, Torcuato Tasso, Tomas¡ Leone, Agustín Riganelli, Pedro Zonza Briano y el desconocido Godin, dejaron su impronta tanto en la Recoleta como en la Chacarita, honrando a ilustres prohombres y personajes que a veces lograron su persistencia en el recuerdo gracias a su última morada. Tal el caso del cuidador Alleno, que siguiendo la usanza de sus mayores genoveses, se hizo retratar de cuerpo entero por el escultor Canepa ‑en Italia‑, tal como era en su juventud, cuando se paseaba por estos pasillos con sus llaves y un pañuelo al cuello.

         Otros, no sólo permanecen en la memoria por la estatuaria sino por insólitos requerimientos. Como el señor Gath, de la tienda Gath & Chaves, sosteniendo entre sus manos un dispositivo eléctrico para abrir su féretro en caso de necesidad imperiosa, cosa que afortunadamente hasta la fecha no ha utilizado. O la tenebrosa historia de Rufina Cambaceres, supuestamente enterrada en estado cataléptico, aunque falten evidencias para afirmar esta dolorosa circunstancia. Al menos este penoso episodio nos permitió gozar de la hermosa obra de Richard Aigner, primera trabajo art nouveau de Buenos Aires.

         Los cementerios son lugar obligado de multitudinarias demostraciones de respeto, como el adiós a Hipólito Yrigoyen o a Carlos Pellegrini. O de actos de repudio, como la dolorosa muerte del joven Abel Ayerza a manos de la mafia siciliana. Escenarios del imborrable dolor por los muertos durante la gesta de 1890 en el panteón del Partido Radical. Testigos de la idolatría popular como el culto a la Madre María en la Chacarita, a Carlos Gardel o al último reposo de Eva Perón, todos ellos con permanentes homenajes florales.
         Una constante en todas nuestras necrópolis es la profusión de placas de bronce (como una característica muy particular del país, ya que aún en los cementerios de pueblos pequeños, hacen su permanente aparición) con la que no sólo parientes, sino amigos o compañeros de trabajo recuerdan al difunto.
         Hoy, que pretendemos mantener a la muerte alejada de nuestra vida diaria, esta ha sido desprovista de su connotación religiosa y de su magnificencia renacentista que aunaba los logros terrenales con los méritos trascendentes. Los entierros han perdido su fastuosidad exterior para convertirse en un acto casi íntimo, de último adiós y mínimo luto, que ya no necesita ¡los palcos baignoire de viudas del teatro Colón, un espacio donde ocultarse para escuchar música sin concitar malignos comentarios.
                Los tiempos han cambiado, y de “los panteones enfilados, cuya vanilocuencia hecha mármol, de rectitud y de sombra interior promete o prefigura la deseada dignidad de estar muerto”, que describía Jorge Luis Borges, hemos pasado a elegir bucólicos paisajes de verdes fulgores, con una simple cruz que recuerde el tránsito por esta vida... Al igual que Borges.





NOTAS

EL CEMENTERIO DEL SUR

         Fue creado por el decreto del 1°‑ de junio de 1832 de don Juan Manuel de Rosas. Diseñado originalmente por Prilidiano Pueyrredón, recién fue inaugurado en 1867. Para 1871 ya estaba saturado, fruto de las sucesivas epidemias de cólera y fiebre amarilla. Fue clausurado definitivamente en 1892, y sus tierras destinadas a la formación del Parque Bernardino Rivadavia, actualmente llamado Florentino Ameghino. En su centro, una estatua de Ferrari recuerda a los caídos en cumplimiento del deber durante la epidemia de fiebre amarilla. Los difuntos fueron trasladados a otros cementerios, entre ellos estaban José Mármol y el doctor Francisco Muñiz, actualmente en la Recoleta. Aunque no todos fueron exhumados y probablemente queden algunas tumbas bajo la superficie del actual parque, como la de la esposa del general Gregorio Aráoz de Lamadrid, Luisa Díaz Vélez‑esposa, madre y hermana de héroes de la patria‑ a quien el poeta Guido Spano diligentemente asistió en sus últimos momentos.

EL MIEDO A SER ENTERRADO VIVO

         El miedo a ser enterrado vivo quizás sea más viejo que el miedo a la muerte. Los errores de diagnóstico, los mitos populares y la improbable catalepsia inspiraron más de una novela tenebrosa y quizás alguna disposición protectora entre la parafernalia testamentaria.
         Debemos comprender que recién hace sólo ciento cincuenta años el doctor Bouchout (uno de los discípulos de Laénnec, el inventor del estetoscopio), propuso la auscultación como método de diagnóstico para dictaminar la muerte. Pero todos los médicos saben que diversas circunstancias pueden hacer los latidos inauscultables. En realidad, la discusión científica la comenzó el doctor Jacques Winslow hacia el 1700, afirmando que el único signo indiscutible de muerte era la putrefacción. Sus escritos hubiesen pasado inadvertidos si no fuese por otro colega, el doctor Brushier, que le dio vuelo literario al tema. Esto, junto a relatos poco sustentables científicamente‑pero de popular predilección‑hicieron de esta posibilidad un elemento a considerar. El tema fue de trascendental importancia en Alemania, donde el destacado profesor Hufeland diseñó los primeros “Asilos de la vida dudosa”, donde se guardaban los cuerpos con exquisitos arreglos florales hasta que los gérmenes saprófitos realizasen su trabajo, confirmando el proceso de defunción. Probablemente Sarmiento (al igual que muchos turistas) haya visitado estas casas, ya que impuso algunas de las normas germanas en su reglamento de 1868. El mismo temor hizo crear toda una serie de ataúdes ‑como el “Karnice”, diseñado por el conde ruso del mismo nombre‑, para asegurar la sobrevida del recién llegado del reino de los muertos, mientras avisaba en la superficie, su retorno al mundo de los vivos.
         Los ingleses, siempre más prácticos, solían dejar una generosa suma de dinero a su médico personal, para que se asegurase de que no habría un desagradable retorno. El galeno generalmente cortaba la yugular, o para no andar con vueltas, cortaba la cabeza (como a la esposa del capitán Burton, el traductor de Las mil y una noches). A medida que la ciencia aseguraba los métodos de diagnóstico, estos miedos fueron perdiendo fuerza, aunque cada tanto surgía un nuevo relato sensacionalista de la mano de algún fanático de las teorías de Brushier y Hufeland. Hoy, este temor ha sido reemplazado por otro más sofisticado, bajo la sospecha de que nuestras vidas podrían acortarse ex profeso, por inescrupulosos profesionales ávidos por obtener nuestros latientes corazones o jugosos riñones, para transplantes. Temor prolongado por películas y lecturas pasatistas, inspiradas en estos temas truculentos que nuestro morbo nos empuja a leer.


LA CREMACION


         La incineración de los cadáveres fue una costumbre especialmente difundida entre las tribus nómades que no podían trasladar a sus muertos. La Iglesia Católica la prohibió expresamente hasta 1960. Los protestantes no objetaron este método y lo practican frecuentemente.
         El primero en proponer la cremación en la Argentina fue el doctor Pedro Mallo hacia 1879, a través de la Sociedad Científica Argentina, aunque la primera se haya practicado recién el 26 de diciembre de 1884. Justamente, el día anterior había muerto el señor Pedro Doime, afectado por la fiebre amarilla. Así fue como el doctor José María Ramos Mejía, director de la Asistencia Publica y junto con el doctor José Penna, director del hoy llamado Hospital Muñiz, ante la posibilidad de una nueva epidemia como la catastrófica de 1871 (que costó alrededor de 15.000 vidas) decidieron, con la aprobación del intendente Torcuato de Alvear, cremar el cadáver, cosa que se llevó a cabo en el predio central de la casa de aislamiento (Hospital Muñiz).
         La ordenanza del 7 de abril de 1886 dispuso la obligatoriedad de incinerar sin excepción todos los cadáveres, de los fallecidos a causa de epidemias y todos aquellos que así lo deseasen. A tal fin, existe una dependencia dentro del cementerio de la Chacarita (en el llamado Templo Crematorio en funciones desde 1903) que abunda en detalles técnicos sobre la flora putrefactiva.
         Su crudo verismo ha convencido a muchísimos de sus visitantes sobre los beneficios de la cremación, como nos contara Roberto Arlt.

Crematorio de la Chacarita en su inauguración.

OTROS CEMENTERIOS PORTEÑOS


         Además de la Recoleta, la Chacarita y los ya mencionados enterratorios subterráneos y cementerios disidentes, existieron en Buenos Aires otras necrópolis. En Flores se construyó un cementerio que albergó a los fundadores de ese barrio y al legendario payador Gabino Ezeiza.
         Belgrano no sólo tuvo su cementerio sobre la calle Monroe, sino que existió un primitivo enterratorio sobre las barrancas. Allí fue enterrado Marcos Sastre y posteriormente fue trasladado a la Recoleta.
         Cercano al Cementerio Sur, existió un pequeño cementerio que albergó a algunos ingleses víctimas de la fiebre amarilla. Estuvo emplazado cerca de Plaza España, actual Instituto Malbrán. (Fuente señor Jorge Alfonsín).
         Próximos a la iglesia del Socorro, sobre la actual Avenida 9 de Julio, enterraron a algunos soldados del general Hilario Lagos, fallecidos durante el sitio de Buenos Aires.
         Por último, en Liniers se encuentra el único cementerio israelita de la Capital Federal

LA FOTOGRAFIA DE CORTEJO Y SEPULTURA EN BUENOS AIRES


         Sabemos con certeza que la costumbre de fotografiar al cortejo cesó por completo en la Capital Federal cuando desapareció el coche fúnebre a caballos, treinta años atrás. Las últimas funerarias que utilizaran este servicio todavía contaban con un fotógrafo para cubrir los sepelios hacia 1970, aunque las fotos ya se hacían únicamente a pedido de los deudos.
         Al parecer, en todos las épocas cada funeraria tenía su fotógrafo y con él trabajaba regularmente, aunque no mediaba relación de dependencia ni contrato alguno.


Cortejo Fúnebre
         Las funerarias no tenían un servicio especial con fotos incluídas: las fotos formaban parte del servicio de un modo suplementario, agregado, y los deudos las compraban o no según quisieran. Cada servicio fúnebre era publicitado en los diarios‑hablamos de los años 30/40‑y el fotógrafo concurría directamente al velatorio. Tomaba fotos de las coronas y del féretro cerrado (aunque no había restricciones que impidieran su trabajo, tenía especial cuidado en no fotografiar el ataúd descubierto, excepto que los deudos pidieran expresamente una imagen del difunto, algo más que excepcional para entonces). Luego, registraba el momento en que el ataúd era sacado de la casa ‑momento importante, ya que recordaba el abandono definitivo del hogar‑y, si los deudos querían, hacía una foto a cada grupo de parientes sosteniendo el féretro: hijos, hermanos, nietos. Después se fotografiaba el acompañamiento propiamente dicho por las calles de la ciudad y la entrada al cementerio, En rigor, eran secuencias rutinarias que tendían a la confección de un álbum recordatorio cuya último foto era la lápida sepulcral. El fotógrafo hacía su negocio independientemente de la funeraria y el mecanismo de venta no era diferente al de las fiestas y casamientos, donde cada uno de los concurrentes compraba los fotos que más le interesaban.



         Los clientes más firmes para los fotos de cortejo y sepultura eran las familias de inmigrantes. Siempre había algún pariente en Europa al que había que enviar el recordatorio. Si su parentesco con el difunto era muy cercano mandaban hacer una corona con su nombre y ordenaban una foto donde se lo viera en lugar destacado, para dar testimonio de que la familia se había ocupado de no dejarlo ausente durante la última despedida. Vale agregar anecdóticamente que esta costumbre originaba situaciones graciosas: competencia entre los parientes por la dimensión y ornato de las coronas, por ejemplo, o discusiones para lograr una bueno ubicación de la propia corona cuando tomaban la foto del conjunto.

         La fotografía del difunto era un recordatorio de la muerte en sentido estricto, en tanto que la fotografía de cortejo y sepultura era un recordatorio del acontecimiento social que originaba la muerte. Esta diferencia, que a nuestro juicio es muy importante, sugiere la hipótesis de que la fotografía de cortejo y sepultura suplantó a la foto del difunto como última concesión que la cultura otorgaba al recuerdo fotográfico ‑el más 'verdadero' y 'real' de la muerte
         Hoy la foto de cortejo y sepultura también se abandonó porque cualquier recordatorio fotográfico de la muerte, así sea de sus consecuencias más inocuas, como la reunión familiar, está interdicto. No tenemos más que pensar en la posibilidad de que algún familiar o amigo saque una cámara fotográfica y se apreste a tomar fotos en el velorio de un ser querido próximo nuestra madre, o hijo, o hermano con el sólo propósito de tener un recuerdo, para darnos una idea de lo extraño, disparatado y agresivo que nos resultaría. Ni qué hablar si pretende fotografiar al difunto por la misma razón.

         La presencia de una cámara fotográfica en las ceremonias fúnebres nos resulta inadmisible excepto que la justifique y legalice una razón períodística. Si el muerto, o las circunstancias de la muerte. son 'nota', la foto no nos perturba. Sin esa razón o cualquier otra que no sea el recordatorio la fotografía, en cambio, nos resulta simplemente morbosa y aberrante.


[1] Léase el artículo de Jimena Sáenz “El peor de los Alzaga”, en Todo es Historia N° 56, diciembre de 1971.
[2] La Porteña, conducida por el inge­niero Alban, trasladaba los féretros con las víctimas de la epidemia. El ingeniero murió en ejercicio de sus funciones.

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Notas del Museo Funerario